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jueves, 6 de enero de 2011

In memoriam


Me han pedido que diga algunas palabras sobre mi tío Lucho. A diferencia de él, no soy tan bueno para hablar como para escribir, así que me perdonarán si me limito a leer este manojo de ideas que he recolectado antes de venir aquí.

Hay algo que me queda claro en estos momentos, y es que no todas las películas tienen un final feliz convencional. No en todas, antes de la palabra fin, el héroe cabalga hacia el atardecer luego de derrotar al imperio del mal y restablecer la justicia en estas tierras, antes valles de lágrimas y ahora praderas relucientes al sol. No siempre es así. A veces el protagonista se sacrifica por el bien común, a veces su caída permite a los demás llegar a la meta, sanos y salvos. Y aún así, tenemos un final feliz.

Mi tío es sin duda un personaje especial, de película, legendario, casi mitológico, de esos que uno recuerda nítidamente, aún cuando los contornos de la memoria difuminen las historias que se contarán en el futuro. Tenía el porte de una estrella cinematográfica de antaño, un mechón rebelde que el viento paseaba a su albedrío, un tranco largo y cadencioso, una espalda ancha que parecía resistir cualquier embate del tiempo. Y por encima de eso, una inteligencia fina, aguda, iluminante, y una cultura oceánica.

Sobre cualquier tema, desde las trivialidades de lo cotidiano hasta los máximos sistemas que gobiernan el universo, tenía en la punta de su lengua afilada y precisa una opinión bien informada, estructurada, difícil de atacar, casi siempre inexpugnable hasta en el más encendido de los debates. Era imposible tomarlo desprevenido, incluso cuando alguien en el teléfono se equivocaba de número y, al toparse con él al otro lado de la línea, se exponía a una de esas cáusticas respuestas que extraía por arte de magia de algún sombrero de ilusionista escondido en el fondo de su ingenio.

En ocasiones, había que chocar con su lado más áspero y tajante; un aspecto que como entendí muy pronto, derivaba de la profunda impaciencia que genera el razonar a una velocidad descomunal mientras quien está en frente avanza en cámara lenta. Cuando alguien le objetaba el punto 1 de un argumento, él había pasado hace horas el 15, y tal vez se acercaba a concluir el 23.

Demostrando una combinación inusual en estos tiempos, aunaba a unas neuronas ágiles, lógicas y racionales la capacidad de expresarse a través del arte que alcanzaba su ápice más luminoso a la hora de dejar sobre la tela los paisajes y colores admirados en sus años mozos. A veces dejaba gotear un poco de esa destreza perfeccionista en la cocina, o cuando preparaba cocteles de dudoso y a veces excesivo contenido alcohólico, pero con sabores que se grababan a fuego vivo en el paladar. La receta de su coctel de fresa, pero sobretodo el secreto de qué tanto pisco y qué tan poca fresa se requerían para elaborarlo se van con él, una cosa más que extrañaremos en nuestras reuniones familiares.

Además, claro está, de su risa traviesa, contagiosa, maciza, gutural, que hacía brillar esos dientes de conejo sagaz que por mucho tiempo amanecieron detrás de un mostacho que, para un niño que lo miraba con admiración, parecía tener personalidad propia. Una risa que ahora está apagada, pero cuyo eco se oye con estruendo en cada latido de nuestros corazones.

Dentro de una pérdida imposible de marginar, queda la tranquilidad de haberlo visto hasta el final en perfecta posesión de sus facultades, capaz de sorprender, aún en un momento tan cruel, con un aforismo elegante o un recuerdo nítido de su infancia, almacenado en esa frente prodigiosa y cada vez más amplia; o de mostrar una fuerza titánica luchando hasta el final, en su proprio cuerpo, contra un ejército maligno que no quería tomar prisioneros.

Pero, al final del día, Superman no pudo levantarse en vuelo por última vez. La kriptonita que un destino feroz quiso alojar dentro de él pudo más y le dijo, con una mueca criminal, que no siempre se puede escapar a la fuerza de gravedad; porque este mundo, aún ahora gobernado por las leyes naturales e irreducible al dominio de la ciencia humana, a veces es injusto y se lleva a los mejores.

Sin embargo, hay un par de cosas que ningún poder de este o cualquier otro mundo existente puede quitarnos: los recuerdos y los sueños, nuestros y ajenos. En ellos, mi tío, mi amigo, mi maestro, mi ídolo, mi socio de planes casi siempre descabellados pero muchas veces cumplidos, espejo ante el cual siempre seguiré comparándome, con gran desventaja mía, sigue en pié, con sus fuertes brazos apoyados en la cintura, sonriendo y mirando el horizonte debajo de sus cejas vigorosas.

Porque en el final de esta película, la que yo tengo tatuada en mis huesos y mis venas, Superman ha despegado de una tierra mortal que no lo merecía una vez más, y ahora vuela sin límites ni barreras hasta el infinito y más allá, en el mundo de lo increíble, en el universo de lo eterno.

Y eso, para mí, es un final feliz.


(Epitafio en memoria de Luis Alvarado, pronunciado en la Capilla de la Virgen de la Medalla Milagrosa de Trujillo el 05.01.2011)

martes, 4 de enero de 2011

Despedida


Tío Lucho,

El lienzo de tus sueños siempre fue infinito
Pero ahora tus pinceles no tienen límites para volar en él
Sobre cielos de cobalto
En un eterno amanecer malva y carmesí
Y a quienes dejas aquí con los pies clavados en la tierra
Ciegos a tanta arte y color
Sólo nos queda recordar la singularidad de tu ingenio
Y esa risa de profundidad insondable.

Tu leal discípulo y socio de utopías

Claudio

P.D. Fuerza de Oso!

martes, 16 de noviembre de 2010

Ex

El peor momento para encontrarse con una ex es cuando la chica con la que estás ha venido mostrando gota a gota algunos defectos que la bruma del enamoramiento impidió identificar en un principio, diluyendo un poco el crédito generado por las cualidades que, en cambio, la hacían tan irresistiblemente atractiva.

Y pasa así que una tarde de primavera, sin proponértelo, te tropiezas con ella, directamente desde tu pasado, y no puedes evitar sentarte a una mesa, intercambiar cortesías formales, ponerte lentamente al día sobre lo que el destino les deparó luego de que los caminos, hace un buen tiempo, se bifurcaran. Mientras la escuchas contarte anécdotas para ti inéditas, o la ves jugando con su cabello, o te mira a los ojos mientras se toma un café, se te complica terriblemente recordar por qué te fuiste, en qué estabas pensando, qué motivos te dio para cortar su historia en común.

Más bien, lo primero que te salta a la cabeza es que con tu chica actual no podrías tener ese tipo de conversación, porque no conoce a los amigos de los cuales estás rajando, no comparte ciertos gustos y aficiones que adquiriste antes de conocerla, o simplemente porque la rutina ha venido dirigiendo sus diálogos hacia la aridez de lo cotidiano. La cadencia que percibes ahora en el pecho, en cambio, suena a la vez novedosa y antigua, como la primera nieve del invierno.

martes, 2 de noviembre de 2010

Mayday, mayday

Bueno, el post anterior queda overruled. Encontré la mejor imagen para describir cómo me siento en este momento.

Un niño en su habitación, sexto piso de un edificio de Metrópolis.
Una franela roja colgando sobre su espalda, una S pintada con plumón sobre su polo azul.
Posters de Kal-El en las paredes, comics del Hombre de Acero apilados al costado de la cama, fotos exclusivas del Daily Planet clavadas en un tablero de corcho.
El niño mira, atónito, por la ventana, en completo silencio; no puede desviar la mirada de ese meteoro resplandeciente que precipita desde las nubes como un misil teledirigido hacia el asfalto.
Cuando pasa frente a él, apenas un instante antes del impacto, el niño entiende que el sueño que ha cultivado a lo largo de toda su corta vida se ha cumplido, y al mismo tiempo también lo ha hecho su peor pesadilla.
Porque esa mancha fugaz que acaba de ver desplomarse derrotada, humillada, herida de muerte, condenada a una inevitable destrucción por alguna fuerza oscura, es su héroe.
Con su mayor admirador como testigo, Superman ha caído.

"But Doctor... I'm Pagliacci!"


Hay líneas que uno se encuentra en una página y descubre que describen mejor que cualquier frase propia el estado de ánimo por el que se está pasando. Alan Moore, aparentemente, viajó al futuro hace 24 años, a la hora de escribir Watchmen, y me leyó el pensamiento.

Un hombre va al doctor. Le dice que está deprimido. Que la vida le parece dura y cruel. Que se siente muy solo en un mundo amenazador donde lo que le espera es vago e incierto. El doctor le dice: "El tratamiento es simple. El gran payaso Pagliacci actúa esta noche en la ciudad. Vaya a verlo, eso le levantará el ánimo". El hombre estalla en llanto. "Pero doctor", le dice, "yo soy Pagliacci".

viernes, 30 de enero de 2009

Januarius horribilis

Por fin se acaba enero, damn it! En estos primeros 30 días del año he tenido una tal constelación de infortunios que me he quedado con serias interrogantes sobre quién soy (?), de donde vengo (?), a donde voy (?). Aunque a ser sinceros, el mes hizo honor a su etimología bifronte y también tuvo sus cosas buenas... aunque concentradas en un solo punto y sobre el cual, para colmo, aún tengo que mantener cierta reserva. Probablemente lo podré desclasificar en unas cuantas semanas. Y no, no es lo que piensan, no he abdicado en mis principios y por lo tanto no estoy hablando de un posible heredero. Es algo mucho mejor y que involucra dinero y tranquilidad, dos cosas que la prole suele quitar con pasmosa celeridad.

Pero sobre el otro lado de la balanza tengo de todo y quizás hasta más, a saber: auto abollado, y sin que pueda echarle la culpa a nadie, lo cual incrementa el fastidio; trabajo recargado más allá de todo récord previo, incluyendo más responsabilidades y más horas de trabajo sin correspondiente aumento salarial (Lincoln, donde estás?); salud desastrosa, gracias a un virus / bacteria / entidad sobrenatural que me ha dado un par de semanas a base de agua, sopa, tostadas y electrolitos... y me ha permitido indirectamente cumplir con mi meta de adelgazamiento con dos meses de anticipación. En fin...

Pero basta hablar de mí y pasemos al ránking inicial del año.


Resumiendo las impresiones que me genera:
  • El podio sigue estable, aunque los Tokio Hotel, de la mano de sus acérrimos, intransigentes y emotivos fans, amenazan con colarse entre palos.

  • Gran atropellada de Valkyrie, con toda seguridad empujada hacia adelante por el estreno de la homónima película con Tom Cruise y las polémicas relacionadas con su verosimilitud. De este paso también podría tener serias posibilidades de ingresar al pantheon de la tabla (?).
  • Fergie, por su parte, recupera varias posiciones (con un single estrenado hace tieeeeeempo) y no descarto que, en el corto plazo, logre sortear varios lugares más, considerando lo apretado de la tabla en esas zonas.


viernes, 9 de enero de 2009

Futuro

Y concluyo la trilogía de posts-bisagra (?) de fin/inicio de año con una mirada a lo que espero poder hacer en el 2009. No sé si son buenas intenciones o previsiones o pronósticos o cualquier otra cosa, porque en verdad tengo un record inimitable de proyectos estructurados hasta el último detalle y que luego, por un motivo u otro, jamás llego a concluir (y a veces ni a empezar...); por otra parte, muchas veces he logrado armar grandes resultados improvisando ad libitum frente a sucesos inesperados. Así que siempre le he tenido un poco de alergia a proponerme con seriedad una startline de metas al empezar al año: lo más probable es que no las cumpla y que termine ocupándome en cualquier otro propósito. Y al no tener objetivos contra los cuales comparar los resultados, no hay decepción, no hay pendientes, todos quedamos como shiny happy people (?).

Pero esta vez quiero dar un paso hacia la formalidad (?) y cumplir con las enseñanzas de los grandes generales de antaño, y lanzar este año una gran campaña ofensiva hacia objetivos fácilmente medibles y que redunden en beneficios importantes para este ejército, perdón, suscrito (?). Schwerpunkt a go-go, he dicho (?). Así que paso al mapa, muevo las fichas y presento al público lo que intentaré hacer en este año, al menos hasta que el General Invierno no me detenga a las puertas de Moscú... que trasladado al hemisferio sur equivaldría a que el Mariscal Verano me aguante en la entrada a las playas del Pacífico.

1. Operación Correa: tengo que bajar de peso urgentemente. No estoy en sobrepeso ni hay indicios de problemas inmediatos al respecto, pero en verdad he salido de las fiestas con un remolque encima, por lo menos psicológicamente hablando. Y siempre he estado más cerca de la flacuchentería que de la cachetonería, así que tengo que volver al estado natural de las cosas a la brevedad posible. Como hacerlo, es el dilema, porque mucho depende de la disponibilidad de tiempo que logre juntar durante el año: a mayor capacidad de maniobra, el abanico se amplía de forma sucesiva. Creo que al menos hasta que no convoquen a una nueva 10K no voy a volver a correr en las mañanas, algo que me obligaba a acostarme temprano; con los horarios que tengo a la oficina es impracticable. Pero tal vez tome prestada la bicicleta estacionaria de mi esposa al volver del trabajo, y podría complementarlo con unas rutinas saturadas de abdominales (que normalmente usaba sólo como relleno de ejercicios con pesas). Y claro, lo más simple, bajar el caloriaje (??) de forma drástica. O al límite, dejar de comer de vez en cuando: pero este último sería el Álamo de la Operación, el bunker de la Cancillería en el cual refugiarse si todo falla y no hay más alternativa que el suicidio (?). Tiempo límite: mi cumple, porque la torta sí me la quiero atravesar de la peor forma....

2. Operación Asfalto: de una vez y por todas, parchar, aplanar, alisar, dejar brillante mi primera novela, que está en pleno pimping (?) desde el año pasado, sin haber pasado del capítulo 2 (de 21!). Se me pasó el tren del concurso nacional de novela (el plazo de entrega vence a fin de mes), pero creo que luego del memorable semi triunfo del año pasado podría a empezar a hacer la ronda de las editoras y tentar suerte. Ahora bien, esto sí requiere tiempo, constancia y convicción, cosas que difícilmente podría agrupar durante la semana. Tal vez sería bueno asignar algún momento del fin de semana de forma exclusiva a avanzar con esta Operación. Pero esto va en plan largo aliento y tranco corto (?): me doy plazo hasta terminado el tercer trimestre.

3. Operación Aracne: tengo que hilvanar los cientos de historias que quiero contar en la novela épica que se me ha ido ocurriendo hace un buen tiempo. No me refiero ni lejanamente a empezar a escribirla, porque a ojo va a terminar siendo una producción en gran formato, ilustraciones en litografía, tomos empastados y full technicolor (?). Pero ya es hora de estructurar la trama, que va a ocupar un scope de aquellos, y cuando digo aquellos me refiero a niveles huge, enormous, gargantuan, colossal (nod nod a los fans de Calabozos y Dragones), algo a lo David Lean mezclado con Cecil B. de Mille, más toques de Victor Hugo, Tolstoj y García Márquez. Más de un siglo en la vida de una familia, con todos los clichés del caso: amor, muerte, revoluciones, guerras, traiciones, y varios revolcones aquí y allá. Tal vez termine siendo como la película sobre Napoleón que Kubrick nunca completó: pero vale la pena intentarlo. Espero tener una sinopsis tentativa para los feriados de invierno.

4. Operación Argos: necesitaré cien ojos o tal vez más, pero tengo que rebajar lo antes posible la columna de DVDs que todavía no he visto, e ir revisando los numerosos extras en los demás. Si cada mes entran, en promedio, 10-12 películas, calculo que deben ir saliendo por lo menos unas 20. En los fines de semana está la clave: volando unas 3-4 en cada uno, todo es posible. Y no descartaría tampoco cruzar esta Operación con la primera, porque podría aprovechar el tiempo en la cyclette con adelantar un poco del trabajo audiovisual (?). Me tengo fé: para fin de año (??) debe desaparecer el stock de films por visionar.

5. Operación Piggy: luego de tres años de inversiones y endeudamientos colosales, empezando por la compra del departamento, su amoblamiento completo, los equipos faltantes y finalmente el auto, parece que (salvo los televisores HD y relativos lectores Blu-Ray) se ha acabado la parte fea y, con ciertas limitaciones, se podrá volver a ahorrar algo. Igualmente, el heavy lifting en la compra de DVDs de años pasados está hecho, y quedarían pendientes de compra sólo los estrenos del año en curso, algo factible, viable, finalmente económico. Y sin la menor idea de en qué se terminará gastando lo ahorrado (Caribe II?), la idea fija es rellenar el chanchito para fin de año.


Falta, como es obvio, alguna referencia a este blog. Creo que no sería necesaria: de una forma u otra, por las buenas o las malas, esto va a salir a flote nuevamente. No es una buena intención, es una realidad. El tiempo me dará la razón (?).


lunes, 5 de enero de 2009

Rew

Luego de listar el top 5 de protagonistas del 2008, me dedico a un poco de sana introspección (?), a una suerte de colonoscopía del alma (??) y procedo a evaluar los momentos cumbre del año que ha pasado, dentro de los límites microscópicos de mi vida. Haciendo una panorámica desde la cumbre de estos primeros días de enero (?), podría decir que fue un año de sensaciones encontradas. Lo empecé embalado, saliendo de mi boda (y relativa noche de bodas) con todo el envión anímico que supone el dejarse atrás meses de trámites y gastos literalmente escalofriantes, y por lo tanto con un optimismo atroz delante a mis ojos. Además, al venir de dos ciclos de 5 años (1994-1998 y 1999-2004) muy bien definidos por motivos geográficos, educativos, emocionales, alimentarios, y un largo etcétera, sentía que el 2008 constituiría un cierre igualmente significativo. Y como lo fue sólo en parte, queda una pizca de desilusión no del todo merecida.

Tengo que reconocer que el 2007 arrastró y adelantó etapas que habrían aportado a un fin de lustro realmente masivo. Entre otras cosas, mi ya citado matrimonio (en agosto y diciembre),la mudanza a un novísimo departamento (febrero), la conclusión de mi primera e irregular novela (febrero), el debut en el atletismo de fondo (noviembre). Por ejemplo, creo que si boda y mudanza hubieran caído en el 2008 no tendría dudas en decir que este año marcaba un punto y a parte en mis futuras memorias. Lo que tengo ahora entre las manos es un período más largo y elástico en el que se están engarzando varios sucesos tópicos.

Pero bueno, soltemos las amarras y proa al sur. Top 5 de life defining moments del 2008:


5. El frenazo del blog


Si algo había caracterizado al 2007, era mi asidua presencia en la red. En algún momento llegué a postear diariamente, cosa que ahora no deja de asombrarme... pero ya en noviembre y diciembre de ese año sentí la necesidad de poner frenos y paños fríos a una frecuencia insostenible de publicación, coincidentemente con el incremento de la carga de trabajo en la oficina. En el 2008, no voy a darle vueltas al asunto, estuve a punto de dejar de lado el blog. No fue culpa sólo del tiempo a disposición cada vez más escaso, o de mi distracción en otras aventuras de corta duración (como el segundo blog, En Garde!, que no duró más de unas semanas), sino también de una ronda de ataques masivos de fans de Tokio Hotel al postear un video suyo, y sobre todo un comentario venenoso, injustificado y delirante a mi crítica de Alien vs. Predator, que realmente me hizo cuestionar la necesidad de mantener en vida el blog. Y cuando todo parecía perdido, un comment inesperado a mi (hasta ese momento) último post, justo empezando el año, me devolvió la sonrisa y las ganas de publicar. Flaco, quien quiera que seas y donde quiera que estés, gracias por existir: este blog te debe una enormidad.


4. Mi primer (casi) premio literario.


De la nada, luego de un par de malas experiencias, un cuento enviado sin mayores pretensiones al Concurso 2008 Palabras me ganó una mención honrosa. Al fin había muestras de que mi vocación tenía algún sustento en la realidad y, tal vez, hasta un público. Alguna premonición al respecto la tuve, porque las continuas postergaciones en la emisión del veredicto final provocaron auténticos desbalances hormonales dignos de una telenovela mexicana. Y cuando ya nadie apostaba a una resolución rápida y sobre todo positiva del asunto, la noticia, la invitación a la gala, la premiación. Satisfaction. Si semejante éxito (?) me hubiera impulsado a escribir de forma más constante y comprometida, y la editora hubiera cumplido con publicar la antología del concurso, esta entrada estaría más arriba. Al ser, por el momento, un one hit wonder, se queda en este lugar.


3. El auto.


Por fin, al borde de los 30, logré cumplir el sueño del auto propio (modo comercial de banco ON). Noviembre marcó el fin de una época marcada por autobuses apestosos, taxistas abusivos, cruces peatonales arriesgados y la independencia casi total de las fluctuaciones en el precio del petróleo. Ahora tengo que fijarme todos los días en la variación en el precio de los combustibles: damn. Ni qué decir del obtuso tráfico citadino: re-damn. Pero tener la libertad de tomar el volante e ir a donde quiero, a la hora que quiero y por la ruta que quiero, no tiene precio.


2. El viaje de mi hermano

En un post drámatico, taumatúrgico, catártico y lacrimógeno, canalicé las emociones generadas por la partida de mi hermano hacia nuevos horizontes. Creo que fue uno de mis mejores artículos, así que en plan Paganini no reiteraré los detalles, ni agregaré más palabras: denle una leidita para estar al tanto. Mensaje al prófugo: Dude, se te extraña, pero hiciste lo correcto. Keep walking.

1. I love Amazon
Lo sé, puede parecer una frivolidad absoluta, pero si algo caracterizó al 2008 (en un trend iniciado a finales del año anterior) fue mi adicción irremediable a las compras en internet, y más específicamente en amazon.com. Mi videoteca tiene más variedad que una tienda profesional, mi biblioteca se ha enriquecido con textos de otra forma inubicables, mi discoteca no tiene espacios en blanco. Es una revolución copernicana de implicancias infinitas y en muchos aspectos aún por definir. Pero está claro que cuando esté jubilado y revise lo que me rodea, muchísimas cosas tendrán algo en común: la etiqueta Amazon, 2008.


En un próximo post, top 5 de buenas intenciones para el 2009...

lunes, 20 de octubre de 2008

Plop (exijo una explicación)


Han pasado dos semanas desde el día en que, de acuerdo a la tradición, debería haber posteado la situación del blog y el ránking mensual, algo que no he hecho todavía.

Se ha jugado una fecha doble de eliminatorias al Mundial, y no he comentado nada al respecto.

Debe ser un mes, quizás más, que no escribo en mi otro blog.

Los contadores de visitas de ambos sitios se encuentran bloqueados hace días.

Las bolsas se desploman y disparan con alarmante continuidad y solidaridad global.

Cayó el gobierno.

Hay temblores sólo ligeramente perceptibles a cada rato en los últimos días.

La pregunta es: ¿qué está pasando???????????

No sé. El tiempo se ha ido restringiendo cada día más, por los motivos de siempre (el trabajo, las gripes de primavera, los problemas del día a día) y por otros mucho menos comunes (un nuevo jefe en la oficina, la compra de un auto, los cuadros por colgar en la casa). Y al final he llegado a la situación de darme cuenta que ya era 20 de octubre... a mediodía del 20 de octubre.

Voy a recuperar el tiempo perdido cual secuaz de Proust, intentando recopilar todo lo posible en los próximos días. Y deshacerme de Sitemeter, que ha dejado de contabilizar las visitas sin previo aviso. Y probablemente cerrar el otro blog, porque los personajes que he presentado en él me parece mejor reservarlos para algo que sí tenga copyright y no sea tan fácil de plagiar. Y empezar a armar algún rompecabezas. Y ordenar la casa. Y obtener (nuevamente) la licencia de conducir, porque si no de poco me va a servir el auto. Y ver el medio centenar de Dvds que tengo pendientes.

Probablemente sea sólo bla bla bla estimulado por las pastillas con las que trato de combatir las pestes originadas por un clima esquizofrénico, pero me gusta pensar que el sol que recién se ha mostrado empezando la tarde de este día de primavera es señal de buen auspicio. Y de faltar mañana al trabajo, tendría tiempo para organizar el inicio de mi contrataque en esta guerra de trincheras entre el mundo y yo. O, en todo caso, podría dormir hasta tarde, algo que tampoco estaría nada mal.

Necesito vacaciones. Necesito ganar tiempo al tiempo. Y para empezar, que sean pronto las seis....

viernes, 3 de octubre de 2008

Despegando


En unas horas B. estará sobrevolando el océano, camino a una vida diferente, una comida distinta, estaciones opuestas, horas adelantadas. A. irá a despedirlo al aeropuerto y cuando B. desaparezca entre los controles de seguridad y las colas de viajeros y emigrantes, sentirá que una parte de él también está abordando ese vuelo.

Desde el día que se conocieron, era evidente que no había en el mundo personas tan relacionadas que fueran a la vez más distintas; siempre han compartido un único rasgo común, uno que no ha facilitado nunca el encontrar puntos de contacto: un carácter fuerte y extremadamente independiente. Porque ambos defienden con uñas y dientes su forma de ser frente a los demás, a las adversidades, a las críticas, a los papelones, y se rigen según códigos propios de los que nunca abdican. Pero en todo lo demás representan dos visiones de la vida y del mundo completamente opuestas, algo que inevitablemente provoca las mayores divergencias entre ellos.

Mientras B. es una emisora radial pop en frecuencia modulada, A. es una biblioteca repleta de tomos antiguos, valiosos, frágiles; si B. necesita compartir con el mundo su experiencia de vivir día a día, sin límites ni constricciones, A. prefiere interiorizarla y filtrarla, tal vez sanearla y censurarla, antes de publicar algún escueto comunicado de prensa; B. funciona a impulsos eléctricos, A. con engranajes suizos; y, a la hora de tomar decisiones, B. va donde lo lleva un corazón gitano y mediterráneo, a diferencia de los minuciosos y prusianos planes de batalla que rigen las acciones de A.

Por eso los desencuentros, en el largo plazo, han sido más que las coincidencias, y el desgaste provocado por la cercanía de dos polaridades tan antitéticas ha mellado en buena parte la posibilidad de una mejor relación. Sin embargo, y justamente por eso, los momentos buenos resaltan aún más en la memoria, como pedazos de vidrio brillante en la arena de una playa, pidiendo ser recogidos. Por ejemplo, aquella vez en que A., fanático deportista, se fue de viaje durante unos campeonatos de atletismo, perdiéndose así todas las transmisiones de los mismos, y B., que siempre ha detestado la simple idea de perder su tiempo viendo algo semejante en la televisión, se encargó de seguir hasta la última competencia y registrar los resultados en un block. O esa ocasión en que se transmutaron en ridículos disk jockeys, colocando cintas con la música que más les gustaba en un viejo equipo de sonido a imagen y semejanza de su radio preferida. O el concierto en el que, empinados y arrimados en una esquina de las tribunas, fueron los únicos e imperceptibles receptores de un saludo de la cantante sobre el escenario. O la final del Mundial de pocos años atrás, cuando, a pesar de visiones inconciliables sobre la importancia del fútbol en sus vidas, terminaron saltando abrazados por todo el living después del último y exitoso remate desde el punto de penal.

Por tres años fueron roomates, y en esa etapa los subibajas incrementaron su frecuencia. Muy poco espacio para tanta personalidad y demasiada separación entre maneras de ser como para permitir que las cosas se dieran de otra forma. En esos momentos complicados, probablemente influenciado en cierta medida por ellos, A. empezó a elaborar sus estrategias para los siguientes años, que empezaban inevitablemente por comprar una casa propia e independizarse; B., por su parte, se volcó de forma más intensiva hacia sus amigos y los estudios, pasando cada vez menos tiempo en casa.

Cuando A. al fin se mudó, pensó que estaba poniendo las bases para una mejora significativa de la situación, poniendo un poco de tierra de por medio pero sin perder el contacto. Al principio el sistema funcionó bien, al menos para él; se reunían todos los fines de semana, viendo películas y comiendo pizza y conversando sobre lo que había pasado en los últimos siete días; efectivamente, las discusiones se redujeron notablemente, por lo que A. pensó que la decisión había sido particularmente eficaz. En ese razonamiento, por lo visto y por enésima vez, demostró que sus cálculos más algebraicamente correctos no siempre dan el resultado esperado, porque la lógica no lee el pensamiento ni gobierna lo que sienten las personas.

Pronto se daría cuenta de eso. Al principio, y sin mucho ruido, fueron las reuniones canceladas por B. porque la universidad no le daba respiro; A. aprovechaba el día libre para jugar en la computadora, leer algún libro o ver el último Dvd que había comprado. Pero poco a poco las excepciones se convirtieron en regla, incluso en la época de vacaciones: porque para ese entonces B. había rediseñado su tiempo libre con otras prioridades, dando mucho más espacio a los amigos, algo perfectamente razonable considerando que el otro brazo de la balanza de su vida cotidiana había desaparecido. El hilo se fue desfibrando de a pocos; los comportamientos que antes resultaban usuales y a los cuales estaban anestesiados de pronto resonaban como si hubieran raspado un nervio expuesto cada vez que discutían, sabiendo que ninguno lograría convencer de nada al otro.

En esos momentos, de forma especular e irónicamente simétrica respecto a lo sucedido unos meses antes, fue B. el que tomó la decisión de irse, pero ya no a pocos kilómetros y un bus de distancia, sino al otro lado del mundo. Cuando se lo dijo a A., éste intuyó que en algún momento, durante esos años, algo había cambiado y él se había perdido ese instante fugaz, sin que hubiera alguien que se lo apuntara en un papel para darse cuenta de ello antes que fuera demasiado tarde. El tren había pasado y ya no iba a parar.

A. no tenía dudas que para B. lo mejor era seguir por el nuevo camino que quería abrirse; pero se preguntó continuamente qué hubiera pasado si las cosas entre ellos no se hubieran deteriorado tanto, si no hubieran sido tan testarudamente cerrados en la defensa de sus fronteras, si se hubieran acentuado las semejanzas antes que las oposiciones. Le parecía evidente que si su etapa de convivencia hubiese sido extraordinaria, o al menos muy buena, B. se lo hubiera pensado varias veces antes de siquiera tomar en cuenta la idea de cambiar de ruta de forma tan radical. Pero con las cartas que había en la mesa, sólo existía una forma de jugarse la mano, y B. lo había hecho, casi con la misma científica frialdad de la que tanto se enorgullece A.

Y mientras se ha ido acercando el momento de los saludos, y los últimos preparativos siguen generando motivos para pequeñas escaramuzas, A. se siente un poco responsable cuando ve a alguien llorando y probando instantes de profunda tristeza al despedirse de B. Por eso le ha dejado todo el dinero obtenido de la venta del mobiliario del departamento que él había comprado años atrás y sin siquiera mencionarlo, él mismo, que quiere ser suizo hasta en temas bancarios y que sabe en cada minuto cuantas monedas tiene en cada bolsillo y cuenta de ahorros; pero que, increíblemente, no percibe ningún sufrimiento en algo que es un sacrificio muchísimo mayor para su forma de ser que para su billetera.

Es, al fin y al cabo, su particular, inconsciente y para los demás incomprensible rito de expiación por no haberse esforzado en ser un mejor ejemplo para B., reemplazando al menos en parte una figura paterna con la cual nunca había congeniado. Ese fracaso en un emprendimiento que en realidad nunca intentó termina siendo uno de las pocas derrotas que acepta y que por lo tanto duelen más, especialmente en el ánimo de alguien acostumbrado a conseguir lo que se propone.

Aunque la tecnología permita conectarse en tiempo real a través de la distancia, nada será igual y nadie lo sabe mejor que A., que mucho tiempo atrás tomó una decisión similar a la de B., pero dejando a su padre la ingrata tarea de ayudar a hacer las maletas a alguien que nunca querría ver alejarse; y en repetidas ocasiones lo ha escuchado y leído y visto quejándose de lo mal que se siente cuando pasa un par de días sin intercambiar al menos un saludo y un comentario sobre el clima en las antípodas. Aunque su forma de ser se adapta mucho más al aislamiento que la de su padre, y su forma de ser le genera muchas más alternativas para cubrir su tiempo libre, A. teme que algo similar termine por ocurrirle, porque si algo le ha quedado claro en todos estos asuntos es que el singular sistema de contrapasos y contrapesos por el que parece regirse el universo está más activo que nunca.

Por eso A., que siempre ha tenido la mejor herramienta para expresar sus sentimientos en una pluma que, según él, burbujea como espumante. limitando el uso de la voz únicamente para un sarcasmo seco, amargo y descarnado como whiskey añejo, ha decidido poner en blanco y negro sus reflexiones, en una carta abierta que recuerde desde el espacio virtual a él y a B. que, más allá del bien y del mal que se hayan deseado, de las pequeñas rencillas y los grandes desacuerdos, de los debates improductivos y las conversaciones interminables, aquí, allá y en todos los mundos que existan en este universo, los une un lazo profundo e indestructible: ser los únicos hermanos que tienen.

Dondequiera que estés ahora, que tengas un buen viaje. Consigue lo que te has propuesto. No te olvides de revisar las cuentas. Y nunca, nunca mires atrás.

martes, 16 de septiembre de 2008

Super-Human Race

No sé muy bien como he logrado levantarme de la cama hoy. Mi cabeza está hecha una pelota (desinflada, remendada en varias partes, con algunas costuras a medio deshacer) y ni un tempranero café negro y recargado parece tener ningún efecto. No encuentro una razón lógica para mi estado, considerando que la jornada de ayer fue más bien relajada. ¿Cansancio acumulado? Quién sabe. Lo curioso es ver como cambian las cosas en poco tiempo. Hace dos semanas y dos días, a esta hora, estaba a punto de concluir mi última hazaña deportiva (a la fecha): mi memorable (?) récord en la 10K.

En noviembre, tal como reseñé en un post pasado, participé a una de estas carreras. Me había estado preparando responsablemente, con seis pruebas sobre esa distancia en el mes previo a la competencia, en las cuales pasé de un tiempo inicial de 58'28" hasta un muy decente 53'51". En la carrera misma, aún con varios puntos en contra, como el calor ecuatorial o el tráfico humano con el que tuve que lidiar al salir muy atrás en la partida, aplastado en la panza del grupo, logré hacer un tiempo que para mí era excepcional, 53'32". Me pareció en ese entonces un resultado increíble y tengo que admitir que me levantó la autoestima como mínimo un par de puntos. Inmediatamente anuncié que participaría sí o sí en la carrera del año siguiente, donde intentaría contrarrestar los aspectos negativos que me habían condicionado en ese momento y obtener de esa manera un registro aún mejor.

Fue así como, apenas se esparció la voz que el 31 de agosto se desarrollaría una 10K mundial, dejé mis hábitos peligrosamente sedentarios, desempolvé las zapatillas, pagué mi inscripción y programé un plan de preparación minucioso para llegar en las mejores condiciones a la competencia. Faltaban ocho semanas. Tenía previsto hacer un primer mes de gimnasio y a lo mucho una carrera por semana, simplemente para poner a punto el físico; el tiempo restante sería a base de dieta y muchos kilómetros de entrenamiento. Me pareció un plan grandioso.

Pero de pronto me encontré en la misma situación que Napoleón o Hitler: ver como mis ambiciosos proyectos se chocaban contra un enemigo insuperable, el General Invierno. La temperatura bajó bruscamente y trajo consigo lluvias y neblina en dosis abundantes. De todas formas, la primera semana seguí mi programa a la letra: ejercicio diario y, empezando la semana, 10 km. El segundo lunes, luego de cerrar esa distancia en un mediocre 57'37", me di cuenta que las condiciones climáticas me estaban derrotando: en la noche ya tenía en proceso una fastidiosa faringitis.

Toda la semana siguiente la pasé embutido de antibióticos, sin tener más desplazamientos que un trayecto directo diario cama - bus - oficina - bus - cama. La semana siguiente ya me encontraba mejor, pero no quise arriesgar mi integridad saliendo a correr en madrugadas gélidas y húmedas. Así que me dediqué a sanas actividades gimnásticas indoor... pero, pasados 5 días más, mi problema respiratorio, aparentemente no bien tratado, regresó exigiendo venganza. Nuevamente, tenía que cortar la preparación en seco, pero esta vez por más tiempo: no quise exponerme a ninguna recaída, por lo que no me moví por 2 semanas exactas. Y así, como quien no quiere, terminó julio.

Empezando agosto, reformulé drásticamente todo mi plan de entrenamiento y repartí las cuatro semanas que me quedaban en dos partes iguales, reflejando lo que había pensado hacer con el doble de tiempo: quince días de gimnasio, quince de dieta y carrera. Eventualmente, por motivos completamente fuera de mi alcance y voluntad, tuve que posponer cualquier intento de correr en las madrugadas hasta el 20 (día en el que, además, me retiré a los 6,5 km con dolores inenarrables), y la dieta sólo se llevó a cabo la última semana. Luego de un intento exitoso el domingo antes de la carrera, logrando un magnífico 53'33" en pleno mediodía (?), el 28 volvía a tener problemas y abandonaba alrededor del kilómetro 7. Pero por lo menos la única parte de mi cuerpo que no se había resentido en esos días era justamente la más débil, la garganta. Así, con muchas dudas y toda la sensación de que podía pasar cualquier cosa, me acerqué a la línea de partida, el domingo en la mañana.

Por suerte, esta vez conseguí una posición mucho mejor a la partida. Ubiqué a las liebres que llevarían el paso de los 50' y los 55' y me coloqué exactamente en el medio, teniendo muy claro que si quería estar en los alrededores de mi récord personal tenía que mantenerme más o menos equidistante entre ellos. El día, milagrosamente, se presentó mucho más soleado y primaveral que de costumbre, lo cual me pareció una óptima señal, considerando que el circuito se desarrollaría en zonas cercanas al mar, lo cual en estas épocas, usualmente, es sinónimo de niebla profunda y densa, llovizna salada, ventarrones congelantes cada dos por tres.

Cuando pasé la banderola del primer kilómetro, me sorprendí al ver que estaba en 4'55". Para tener una idea, sólo dos veces había tenido tiempos por debajo de los 5': los últimos mil metros en una 7K de finales del 2006 (4'59") y los primeros en mi entrenamiento de una semana antes de la competición (4'47"). Descartando el primer resultado, al tratarse de una distancia distinta, recordé como el gran esfuerzo en el arranque de la última vez me había pasado factura en el final: en los siguientes 9 km nunca bajé de los 5'12", lo cual no había impedido, sin embargo, que hiciera mi récord fuera de competencias oficiales. Buen antecedente.

Pero aún mejor fue encontrarme en 9'52" a los dos mil metros. Significaba que luego del 4'55" había plantado un 4'57"... y ya había ganado 8" sobre los 50', aunque la liebre asignada a ese tiempo seguía varios metros delante mío (al parecer, no seguía un ritmo uniforme). Al km 3, seguía muy por debajo de mis tiempos, con 14'55" (parcial de 5'03"), pero poco antes de llegar a ese hito, empecé a notar el resurgir de los dolores que me habían aquejado en las dos ocasiones en que, durante mi preparación, tuve que dejar de correr antes de concluir los 10 kilómetros. Empecé a maldecirme por haber conducido mi ritmo de forma tan irresponsable, desgastándome tontamente a tanta distancia de la llegada; acto seguido, frené un poco el paso y traté de respirar lo más profundamente que podía, para ver si lograba paliar el fastidio. Que todo ese problema me significara un tiempo aún bajísimo sobre el último kilómetro me indicó que, evidentemente, venía a una velocidad inusitada. Eso me tranquilizó y aparentemente fue todo lo que necesitaba para que, como por milagro, todos los dolores se difuminaran lentamente.

Tanto así, que el cuarto y quinto kilómetro estuvieron nuevamente por debajo de los 5' (4'54" y 4'46"), llevándome a pasar la mitad de carrera en 24'35", algo realmente absurdo, inconcebible, impensable; la proyección estaba ampliamente por debajo de los 50', ni qué hablar de mi récord. Ese fue el mejor momento de la carrera: me sentía en gran forma, no sentía el cansancio, corríamos por el malecón, todo formaba parte de un momento Kodak. Y de pronto, el vacío.

Siempre me he jactado de saber salir de situaciones imprevistas con un alto grado de improvisación. En muy pocas ocasiones me ha ido mal. Por ejemplo, nunca he inspeccionado los circuitos de las carreras antes de las mismas; me parecía mucho más divertido afrontarlas sin saber lo que me esperaba. Por una bizarra coincidencia, la última vez me había ido de maravilla, porque la carrera se desarrollaba por el camino que recorría todos los días para llegar a la oficina; conocía cada centímetro del recorrido, cada curva, subida, bajada, cada grumo de asfalto o cemento. En esta ocasión, dividiendo los 10 km en cuatro bloques, tenía muy claros el segundo y el cuarto sector; el primero y el tercero representaban incógnitas casi totales, especialmente en el segundo caso, que cubría toda la zona de los malecones. Pero no me di el tiempo ni tuve las ganas de repasar esos metros: los consideré a priori como una zona plana y tranquila, probablemente fresca, previa a un último kilómetro y medio en plena subida.

Craso error. Alrededor de los 5,5 km, una muralla casi vertical me demostró en toda su pendiente que estas cosas no estaban hechas para aventureros. Todo el impulso con el que había llegado se frenó bruscamente mientras trataba de aclimatar mis piernas a esa escalada. En esos 500 metros perdí toda la ventaja que había acumulado, la liebre de los 50' volvió a pasarme, y llegué a los 6 km con 30'10" (parcial de 5'35"). Pero lo peor era que había derrochado energías tal vez imposibles de recuperar sobre ese escalón, y según lo que veía paso a paso, no había señales de bajada de allí hasta el finish. Aún esforzándome para mantener el ritmo, me alejaba inexorablemente del cartel que me precedía: 5'09", 5'06" y 5'13" me proyectaron, en el km 9, a 45'38". No era ni lejanamente un mal tiempo, es más, prácticamente me aseguraba un extraordinario récord personal, por debajo de los 52', tal vez incluso de los 51'.

Pero me daba rabia pensar en esa desaceleración abrupta. De haber sabido lo que me esperaba, podría haber manejado un poco mejor el cuarto y quinto kilómetro para llegar más descansado a la subida, y perder a lo mucho la mitad de ese minuto de ventaja que se me había esfumando entre los km 5 y 9. Decidí ir al suicidio, forzando todo en los últimos mil metros de subida constante, y arriesgar las piernas si era necesario, con la firme convicción de no volver a correr por todo el tiempo que quisiera. Era un último esfuerzo, que fue realizado con muy poco estilo, sin fijarme mucho en el ritmo de la respiración y menos aún en el pulso, simplemente apuntando a la llegada. La última recta fue terrible, y si no terminé caminando fue sólo por la cantidad de gente que se encontraba a los lados de la calle: en la vida me hubiera expuesto a un ridículo semejante. Es más, hasta aceleré un poco, pasando varios corredores, dando la impresión de que venía con energías. Nada más falso. Prácticamente llegué gracias a los últimos vapores de gasolina que quedaban en el motor...

50'19" (*). Km 10 a 4'41". Había bajado mi record en 3'13", es decir una mejora del 6%... que incluso era aplicable a mi última carrera de preparación (un segundo por encima del récord anterior), por lo que, a pesar de todo, en una semana me había sacado más de 600 metros de ventaja. Impresionante. La euforia me asaltó, a tal punto que, luego de recoger la medalla y tomarme varios litros de hidratantes, me enrumbé caminando hacia mi casa... a casi 4 km de distancia de la llegada. A diferencia de la vez pasada, no sentía ningún dolor en los pies, no tenía las piernas endurecidas, no tuve necesidad de dormir toda la tarde. Me sentía cañón.

Hoy, en cambio, no. Pero tengo que admitirlo. Recordar la carrera me ha quitado el cansancio. Claro, también podría ser el efecto retardado del café que tomé hace un rato. Pero me gusta pensar que, muy en el fondo de mi ser, la llama de ese día me ha vuelto a alumbrar. Y se siente muy bien.

(*): ese es el tiempo que yo cronometré (ver foto). El tiempo oficial, tal como salió dos días después en la página de Nike, fue de 50'21". No creo que haga diferencia para el análisis posterior.


miércoles, 25 de junio de 2008

Medalla de latón

Y bueno, ya era hora. Hace unas semanas anunciaba un inminente post de estilo santacruceño (?) sobre el temendo exploit literario de uno de mis cuentos, que se hizo acreedor nada menos que de una mención honrosa en un concurso de aluvional convocatoria. Por suerte resistí la tentación de vanagloriarme a toda máquina hasta participar en la premiación (que fue el 19) y digerir un poco el asunto, de manera que estos párrafos destilen un poco de neuronas y no el extraño y explosivo mix de bilis y euforia que me inundó la mañana que recibí la noticia. Ahora, con quince días de reflexión sobre los hombros (?), ya puedo dar mi declaración oficial y pública al respecto.

Soy Iron Man.

Just kidding.

La verdad es que, despúes de todo, sigo teniendo sentimientos encontrados, y a todo nivel. Por una parte está el obvio y legítimo orgullo de haber recibido una muestra de aprecio a lo que escribo, mucho más oficial que, por decir, las opiniones de parientes y amigos o las visitas reiteradas de desconocidos a este blog. Un concurso abierto, con un jurado de un cierto prestigio, patrocinado por empresas serias, que recibe 2300 cuentos y selecciona el tuyo entre los 13 mejores, es sin duda un espaldarazo notable. Además, tuve la oportunidad de conversar informalmente con uno de los tres jurados después de la premiación, al haber coincidido a pocas mesas de distancia en un restaurante italiano y, a parte los agradecimientos y felicitaciones rituales, me contó que si bien los dos primeros puestos fueron determinados por unanimidad, hubo bagarre para el último escalón del podio, disputado por 5 o 6 cuentos; en particular, recordó que uno de sus colegas hizo campaña por el mío. La conclusión es que, bien o mal, gustó. Para alguien que viene diciendo hace casi dos décadas que su vocación es escribir, no podría haber mejor noticia.

Pero viendo las cosas desde el otro lado del espejo se puede tener una perspectiva distinta. Para empezar, queriendo ser más papistas que el Papa, ¿tiene sentido festejar una mención honrosa? Me recuerda tristemente un momento de Meet the Fockers, donde los orgullosos padres de Ben Stiller (Dustin Hoffman y Barbra Streisand) mostraban a su consuegro (Robert de Niro) la vitrina de triunfos de su vástago, donde uno de los mejores resultados era una medalla de noveno lugar en un concurso del colegio. Y no por darme aires de megalómano (o tal vez sí), pero siempre he estado acostumbrado a pelear por los puestos que cuentan, o de otra forma salir del juego; una especie de Schumacher (?), en pocas palabras. Y cambiando radicalmente punto de vista, tomando este resultado como muestra de que tengo un futuro como escritor... ¿valdría la pena dejar mi burocrático empleo para dedicarme 24/7 a mi vocación? Sería lo ideal, claro, ¿pero la base de una mención honrosa no es muy endeble para semejante propósito? Me parece que sí.

Y no me meto siquiera con el asunto de que al recibir esta distinción, premiada materialmente con una taza, tres libros y mucha buena onda, he cedido los derechos de publicación de un cuento... que a la fecha es mi única producción premiada. Por supuesto será muy gratificante ver mi nombre en una antología impresa, pero me entra la duda de haber regalado una gallina o gallinita o codorniz de los huevos de oro o plata o latón a cambio de un plato de lentejas, o a lo mejor un mug de café con leche.

Así que estoy en una especie de limbo, atascado en el medio de unos sargazos mentales terribles, entre si debo tomar este resultado como una señal ateísticamente divina (??) de que ya es hora de dejarse de boludeces, dejar esta vida de Mr. Anderson, tomar la pastilla roja y convertirme en el Neo de la literatura (coloquen puntos de interrogación donde quieran), o si es exactamente lo contrario, una prueba de que la seguridad de un monótono cubículo administrativo no puede ser reemplazada por quimeras literarias cuyo único engendro ha sido un saludo, un apretón de manos, un reintenta, la próxima vez tendrás más suerte. Oh, la duda.

Por lo pronto, mi querido pueblo (?), he decidido mantener a grandes rasgos el rumbo del velero, con una ligerísima orzada para aprovechar el pequeño pero significativo soplido de viento generado por el reconocimiento obtenido. Las metas son ambiciosas, concluir 3 novelas que están en pleno work in progress, para presentarlas en un concurso nacional cuyo plazo vence en enero; y, en los límites de lo posible, hacerlo sin afectar mi trabajo diario. Estoy en plena elaboración de algún tipo de cronograma, para que esta vez no pase como hace más de un año, con anuncios nunca cumplidos, incluso en versión reformulada pocos días después. Y luego no quedará más que atenerse a eso o reponer de una vez los sueños en el aparador y dedicarse a otra cosa.



jueves, 8 de mayo de 2008

Piña colada

Lo prometido es deuda... la crónica más o menos completa (se aplica censura de forma discrecional según el interés del autor) de la luna de miel. Punto por punto y minuto a minuto (?).

1. Aeropuerto de Lima
Tener que salir a las 2 a.m. de casa no pone exactamente de buen humor. Tener que hacerlo sin haber dormido durante la noche (había que hacer maletas), peor aún. Pasar 3 horas en el aeropuerto esperando abordar no mejoró la situación. Pero tener que quedarse sentado en el avión 4 horas por culpa de la neblina... fue lo máximo.

Y aquí empieza la queja. No entiendo como es posible que Lima, una ciudad de 8 millones de habitantes, tenga un aeropuerto tan mal localizado y con una (1!!!!) sola pista. No tengo nada qué decir de las instalaciones del terminal, que son de primer nivel para la región; pero tener una pista para las llegadas y salidas de vuelos nacionales e internacionales es algo digno de un aeropuerto bananero. Las colas y consiguientes retrasos son la norma, no la excepción, y eso no es tolerable.

Pero lo más tragicómico es el lugar en el que se sitúa el glorioso aeropuerto internacional Jorge Chávez, a pocos centenares de metros de uno de los mares más fríos del planeta, causante de neblinas y lloviznas 200 días al año. Por lo menos yo no perdí la conexión en Bogotá, a diferencia del 95% de quienes viajaban conmigo, pero no se puede justificar un maltrato semejante. Hay terrenos en las zonas más altas de la ciudad (La Molina, Cieneguilla) donde se podría perfectamente acomodar un aeropuerto sin ese desastroso inconveniente, aunque habría que ver como impedir la contaminación acústica a las zonas urbanizadas en las cercanías. Pero el Callao es el peor lugar posible.
Nota: promedio un 8 por las instalaciones y un 0 por la pista y la neblina. Total 4.

2. Lima - Bogotá
El vuelo no estuvo nada mal, considerando los prolegómenos. La comida adecuada, las aeromozas atentas (aunque absurdamente muy preocupadas porque doblemos las cobijas), la turbulencia muy leve. Esto es, hasta que el piloto decidió cortar algunos minutos en el descenso a Bogotá metiéndose de cabeza en el manto de nubes que cubría la capital cafetalera. Demás está decir que eso fue como nadar en una lavadora lanzada desde un sexto piso. Claro, recuperamos veinte minutos, pero hay gente que perdió años de vida por el susto; lo que sí hay que reconocerle al kamikaze es un aterrizaje tan dulce, comparado con el approach, que muchos ni se enteraron que todo había terminado.
Nota: un 4.5 bastante dudoso, con medio punto sólo por la habilidad en el landing. Pero la picada hacia el aeropuerto es imperdonable.


3. Aeropuerto de Bogotá - terminal nacional
Nada espectacular, pero todo muy funcional: tiendas, food court, servicios. Un poco engorrosos los trámites para abordar, pero dentro del promedio de los últimos tiempos. Ni fu ni fa. El gran problema de Bogotá es que los terminales nacional e internacional (separados por, a ojo, unos 2 km) comparten pistas, obligando a los aviones a tiempos larguísimos de estacionamiento y preparación para el despegue.
Nota: 5. No se puede perder media hora sólo para aparcar el coche, perdón, el aeroplano.

4. Bogotá - San Andrés
Vuelo tranquilo, plácido, para nada complicado, salvo algún movimiento mínimo cruzando las nubes sobre Bogotá. Pero donde todo cambió fue al llegar a San Andrés, con el piloto que, en un plan francamente exhibicionista, decidió hacernos admirar las bellezas de nuestro destino haciendo un sobrevuelo de 360° sobre la isla, con el avión a 45° de inclinación y poquísima altura sobre las aguas turquesas. Y mientras algunos pasajeros daban rienda suelta al pánico, el muy fresco narraba con detalle cada ensenada, playa, árbol o calle que veíamos. Ya me lo imaginaba imitando a aquellos automovilistas que sueltan el volante para indicar algo con la mano... y no era un pensamiento muy positivo en ese momento. El aterrizaje no estuvo mal.
Nota: no sé como evaluar el asunto del paseo turístico, si como una machada gratuita e innecesaria o un despliegue de bravado y sangre frío. Como cumplió su objetivo (promover las bellezas del lugar), la segunda opción gana algún margen. Diría que un 6 refleja bien lo sucedido.

5. San Andrés (la isla, en general)
Una Jamaica en miniatura, y traducida al español. Sol, playas impresionantes, tranquilidad, vegetación tropical. Inobjetable como destino turístico. Pero entre un resort y otro, las cosas no son color de rosa y se nota una cierta pobreza que los miles de motos (toda la población se desplaza en ellas) no pueden ocultar. Pero la notable idea de tener un impuesto turístico de entrada a la isla, que financia sus servicios y se descuenta del impuesto de salida internacional en Bogotá, va a permitir revertir la situación con cada turista que pise suelo isleño.
Nota: un 7 con perspectivas en ascenso.

6. El Hotel
No voy a poner el nombre para no hacer publicidad gratuita. Pero era adecuadamente confortable, dentro de un estilo interesante y semi rústico, con una atención impecable, servicios de primera (la cancha de tenis fue un plus importante) y sobretodo los buffets en desayuno, almuerzo y cena. Tal vez se podría mejorar un poco los acabados de las habitaciones, tal vez debería haber teléfonos en las mismas para evitar ir a fastidiar a la operadora todas las veces; pero son detalles.
Nota: parece que estoy generoso, ahí va otro 7.

7. La playa (no, no tiene nada que ver con Di Caprio)
Probablemente lo mejor del viaje. Agua cristalina y temperada, arena blanca, corales, peces tropicales a plena vista, olas casi inexistentes. Si alguien como yo (que no sabe nadar) se atreve a hacer snorkeling un día entero, el mérito es evidente.
Nota: sin duda alguna, 8.

8. El amanecer
Ok, paren todo. Me corrijo, esto fue lo mejor del viaje. La foto del costado habla por sí sola, creo. ¡Qué colores! ¡Qué espectáculo!
Nota: es un 9 duro y crudo. Sólo faltó una banda sonora de Hans Zimmer de fondo.

9. La estadía, en general.
Muy buena. Comí bien, tuve sol los 4 días, me relajé, vi frente a mis ojos a toda la familia de Nemo, ajusté un poco mi saque a lo Roddick (?), y vencí demoledoramente a mi esposa en billar, siendo la primera vez que me encontraba un taco en la mano. Inolvidable su expresión luego de embocar tres bolas una tras otra y anunciar, con todo el descaro posible, que me olvidé de decirte que acabo de ver el WPA Pro Series en ESPN. Y luego dicen que la televisión no enseña nada... mentirosos (?).
Nota: 8, sin duda alguna.

10. San Andrés - Bogotá
Por algún motivo que escapa a mi comprensión, el retorno fue lo opuesto a la ida, y no me refiero en el sentido geográfico, que no soy tan burro (?). Si el primer viaje había sido tranquilo hasta el heterodoxo aterrizaje, este inició mal, se desarrolló peor y terminó (sorpresa) bastante bien.

Vamos en orden. El despegue fue adrenalínico porque la pista se acababa, el mar se acercaba y el avión no se levantaba, y cuando al fin lo hizo repitió al 50% la maniobra que les conté (45° de inclinación, poca altura, esta vez sólo 180° de giro): la gente estaba al borde de un ataque de nervios. Si a eso agregamos que pocos minutos después hubo un descenso abrupto de altitud (según lo que pude ver, al parecer estábamos cruzando el itinerario de otro vuelo) y que desde el ingreso al espacio aéreo colombiano la turbulencia fue continua y remecedora, se puede entender que los pasajeros no tomaron con buen semblante la noticia que Bogotá nos esperaba bajo una intensa lluvia; aterrizar de noche, con aguacero, pasando entre las sierras que rodean la ciudad, y más aún luego de la mala experiencia del descenso en la ida, no era algo que pintaba muy bien. Pero el piloto recuperó puntos con un aterrizaje impecable, de cabo a rabo.
Nota: el despegue a paso de tortuga (culpa del avión, que parecía vetusto), el viaje accidentado, la llegada perfecta promedian, a mi gusto, un 5.

11. Aeropuerto de Bogotá - terminal internacional
Y aquí sí llueven las quejas. Sobre la distribución absurda de los terminales y las pistas, ver el punto 3. Pero se juntan más cosas. En primer lugar, una señalización deficiente nos llevó a preguntar 6 o 7 veces como llegar a nuestra puerta de abordaje. Luego, experimenté los que deben ser los servicios higiénicos más lamentables en un aeropuerto internacional que haya visto en mi vida. Finalmente, la secuencia de controles y áreas restringidas, similares a una matrioska rusa, agotaron lo poco que me quedaba de paciencia.

Como diría Jack el descuartizador, vamos por partes: control de pasaporte y boarding pass a la entrada al terminal; control de pasaporte en migraciones; control de boarding pass para pasar al duty free; control físico por parte del ejército a la entrada a la zona de las puertas; control de boarding pass para entrar a la puerta; nuevo control de boarding pass antes de entrar a la manga. Y pequeño detalle, cada vez que se pasaba uno de los controles no se podía volver atrás. Es decir, si a uno se le ocurría ir a buscar su puerta antes de comprar los souvenirs en el duty free, piña. O si alguien había olvidado pasar por el baño antes de entrar a la sala de espera, peor para él. Terrible.
Nota: qué mala experiencia. Me quitó toda gana de volver a Bogotá. Siendo generoso, 3.

12. Bogotá - Lima
Salimos con lluvia, viajamos con turbulencia, llegamos con neblina, sobrevolamos la ciudad casi una hora esperando que se abra un poco el horizonte, al final creo que el piloto bajó a la ciega (impresionante ver como la oscuridad nocturna era reemplazada por un blanco fantasmal al cruzar esa cortina impenetrable); por suerte al nivel del mar todo estaba despejado, permitiendo ver que estábamos sobre el océano y varias embarcaciones pesqueras, a una cierta distancia del aeropuerto. Gulp! Aterrizaje promedio.
Nota: considerando la situación ambiental, no estuvo tan mal. Un 5.5 me parece lo más adecuado.

Y así se concluye esta crónica viajera. Los cuatro días fueron notables, un poco menos el viaje para llegar hasta allí y regresar a casa. Y mucho menos el volver al trabajo, a la oficina, al escritorio. Pero así es la vida.



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Y los incautos a la fecha son...