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martes, 16 de septiembre de 2008

Super-Human Race

No sé muy bien como he logrado levantarme de la cama hoy. Mi cabeza está hecha una pelota (desinflada, remendada en varias partes, con algunas costuras a medio deshacer) y ni un tempranero café negro y recargado parece tener ningún efecto. No encuentro una razón lógica para mi estado, considerando que la jornada de ayer fue más bien relajada. ¿Cansancio acumulado? Quién sabe. Lo curioso es ver como cambian las cosas en poco tiempo. Hace dos semanas y dos días, a esta hora, estaba a punto de concluir mi última hazaña deportiva (a la fecha): mi memorable (?) récord en la 10K.

En noviembre, tal como reseñé en un post pasado, participé a una de estas carreras. Me había estado preparando responsablemente, con seis pruebas sobre esa distancia en el mes previo a la competencia, en las cuales pasé de un tiempo inicial de 58'28" hasta un muy decente 53'51". En la carrera misma, aún con varios puntos en contra, como el calor ecuatorial o el tráfico humano con el que tuve que lidiar al salir muy atrás en la partida, aplastado en la panza del grupo, logré hacer un tiempo que para mí era excepcional, 53'32". Me pareció en ese entonces un resultado increíble y tengo que admitir que me levantó la autoestima como mínimo un par de puntos. Inmediatamente anuncié que participaría sí o sí en la carrera del año siguiente, donde intentaría contrarrestar los aspectos negativos que me habían condicionado en ese momento y obtener de esa manera un registro aún mejor.

Fue así como, apenas se esparció la voz que el 31 de agosto se desarrollaría una 10K mundial, dejé mis hábitos peligrosamente sedentarios, desempolvé las zapatillas, pagué mi inscripción y programé un plan de preparación minucioso para llegar en las mejores condiciones a la competencia. Faltaban ocho semanas. Tenía previsto hacer un primer mes de gimnasio y a lo mucho una carrera por semana, simplemente para poner a punto el físico; el tiempo restante sería a base de dieta y muchos kilómetros de entrenamiento. Me pareció un plan grandioso.

Pero de pronto me encontré en la misma situación que Napoleón o Hitler: ver como mis ambiciosos proyectos se chocaban contra un enemigo insuperable, el General Invierno. La temperatura bajó bruscamente y trajo consigo lluvias y neblina en dosis abundantes. De todas formas, la primera semana seguí mi programa a la letra: ejercicio diario y, empezando la semana, 10 km. El segundo lunes, luego de cerrar esa distancia en un mediocre 57'37", me di cuenta que las condiciones climáticas me estaban derrotando: en la noche ya tenía en proceso una fastidiosa faringitis.

Toda la semana siguiente la pasé embutido de antibióticos, sin tener más desplazamientos que un trayecto directo diario cama - bus - oficina - bus - cama. La semana siguiente ya me encontraba mejor, pero no quise arriesgar mi integridad saliendo a correr en madrugadas gélidas y húmedas. Así que me dediqué a sanas actividades gimnásticas indoor... pero, pasados 5 días más, mi problema respiratorio, aparentemente no bien tratado, regresó exigiendo venganza. Nuevamente, tenía que cortar la preparación en seco, pero esta vez por más tiempo: no quise exponerme a ninguna recaída, por lo que no me moví por 2 semanas exactas. Y así, como quien no quiere, terminó julio.

Empezando agosto, reformulé drásticamente todo mi plan de entrenamiento y repartí las cuatro semanas que me quedaban en dos partes iguales, reflejando lo que había pensado hacer con el doble de tiempo: quince días de gimnasio, quince de dieta y carrera. Eventualmente, por motivos completamente fuera de mi alcance y voluntad, tuve que posponer cualquier intento de correr en las madrugadas hasta el 20 (día en el que, además, me retiré a los 6,5 km con dolores inenarrables), y la dieta sólo se llevó a cabo la última semana. Luego de un intento exitoso el domingo antes de la carrera, logrando un magnífico 53'33" en pleno mediodía (?), el 28 volvía a tener problemas y abandonaba alrededor del kilómetro 7. Pero por lo menos la única parte de mi cuerpo que no se había resentido en esos días era justamente la más débil, la garganta. Así, con muchas dudas y toda la sensación de que podía pasar cualquier cosa, me acerqué a la línea de partida, el domingo en la mañana.

Por suerte, esta vez conseguí una posición mucho mejor a la partida. Ubiqué a las liebres que llevarían el paso de los 50' y los 55' y me coloqué exactamente en el medio, teniendo muy claro que si quería estar en los alrededores de mi récord personal tenía que mantenerme más o menos equidistante entre ellos. El día, milagrosamente, se presentó mucho más soleado y primaveral que de costumbre, lo cual me pareció una óptima señal, considerando que el circuito se desarrollaría en zonas cercanas al mar, lo cual en estas épocas, usualmente, es sinónimo de niebla profunda y densa, llovizna salada, ventarrones congelantes cada dos por tres.

Cuando pasé la banderola del primer kilómetro, me sorprendí al ver que estaba en 4'55". Para tener una idea, sólo dos veces había tenido tiempos por debajo de los 5': los últimos mil metros en una 7K de finales del 2006 (4'59") y los primeros en mi entrenamiento de una semana antes de la competición (4'47"). Descartando el primer resultado, al tratarse de una distancia distinta, recordé como el gran esfuerzo en el arranque de la última vez me había pasado factura en el final: en los siguientes 9 km nunca bajé de los 5'12", lo cual no había impedido, sin embargo, que hiciera mi récord fuera de competencias oficiales. Buen antecedente.

Pero aún mejor fue encontrarme en 9'52" a los dos mil metros. Significaba que luego del 4'55" había plantado un 4'57"... y ya había ganado 8" sobre los 50', aunque la liebre asignada a ese tiempo seguía varios metros delante mío (al parecer, no seguía un ritmo uniforme). Al km 3, seguía muy por debajo de mis tiempos, con 14'55" (parcial de 5'03"), pero poco antes de llegar a ese hito, empecé a notar el resurgir de los dolores que me habían aquejado en las dos ocasiones en que, durante mi preparación, tuve que dejar de correr antes de concluir los 10 kilómetros. Empecé a maldecirme por haber conducido mi ritmo de forma tan irresponsable, desgastándome tontamente a tanta distancia de la llegada; acto seguido, frené un poco el paso y traté de respirar lo más profundamente que podía, para ver si lograba paliar el fastidio. Que todo ese problema me significara un tiempo aún bajísimo sobre el último kilómetro me indicó que, evidentemente, venía a una velocidad inusitada. Eso me tranquilizó y aparentemente fue todo lo que necesitaba para que, como por milagro, todos los dolores se difuminaran lentamente.

Tanto así, que el cuarto y quinto kilómetro estuvieron nuevamente por debajo de los 5' (4'54" y 4'46"), llevándome a pasar la mitad de carrera en 24'35", algo realmente absurdo, inconcebible, impensable; la proyección estaba ampliamente por debajo de los 50', ni qué hablar de mi récord. Ese fue el mejor momento de la carrera: me sentía en gran forma, no sentía el cansancio, corríamos por el malecón, todo formaba parte de un momento Kodak. Y de pronto, el vacío.

Siempre me he jactado de saber salir de situaciones imprevistas con un alto grado de improvisación. En muy pocas ocasiones me ha ido mal. Por ejemplo, nunca he inspeccionado los circuitos de las carreras antes de las mismas; me parecía mucho más divertido afrontarlas sin saber lo que me esperaba. Por una bizarra coincidencia, la última vez me había ido de maravilla, porque la carrera se desarrollaba por el camino que recorría todos los días para llegar a la oficina; conocía cada centímetro del recorrido, cada curva, subida, bajada, cada grumo de asfalto o cemento. En esta ocasión, dividiendo los 10 km en cuatro bloques, tenía muy claros el segundo y el cuarto sector; el primero y el tercero representaban incógnitas casi totales, especialmente en el segundo caso, que cubría toda la zona de los malecones. Pero no me di el tiempo ni tuve las ganas de repasar esos metros: los consideré a priori como una zona plana y tranquila, probablemente fresca, previa a un último kilómetro y medio en plena subida.

Craso error. Alrededor de los 5,5 km, una muralla casi vertical me demostró en toda su pendiente que estas cosas no estaban hechas para aventureros. Todo el impulso con el que había llegado se frenó bruscamente mientras trataba de aclimatar mis piernas a esa escalada. En esos 500 metros perdí toda la ventaja que había acumulado, la liebre de los 50' volvió a pasarme, y llegué a los 6 km con 30'10" (parcial de 5'35"). Pero lo peor era que había derrochado energías tal vez imposibles de recuperar sobre ese escalón, y según lo que veía paso a paso, no había señales de bajada de allí hasta el finish. Aún esforzándome para mantener el ritmo, me alejaba inexorablemente del cartel que me precedía: 5'09", 5'06" y 5'13" me proyectaron, en el km 9, a 45'38". No era ni lejanamente un mal tiempo, es más, prácticamente me aseguraba un extraordinario récord personal, por debajo de los 52', tal vez incluso de los 51'.

Pero me daba rabia pensar en esa desaceleración abrupta. De haber sabido lo que me esperaba, podría haber manejado un poco mejor el cuarto y quinto kilómetro para llegar más descansado a la subida, y perder a lo mucho la mitad de ese minuto de ventaja que se me había esfumando entre los km 5 y 9. Decidí ir al suicidio, forzando todo en los últimos mil metros de subida constante, y arriesgar las piernas si era necesario, con la firme convicción de no volver a correr por todo el tiempo que quisiera. Era un último esfuerzo, que fue realizado con muy poco estilo, sin fijarme mucho en el ritmo de la respiración y menos aún en el pulso, simplemente apuntando a la llegada. La última recta fue terrible, y si no terminé caminando fue sólo por la cantidad de gente que se encontraba a los lados de la calle: en la vida me hubiera expuesto a un ridículo semejante. Es más, hasta aceleré un poco, pasando varios corredores, dando la impresión de que venía con energías. Nada más falso. Prácticamente llegué gracias a los últimos vapores de gasolina que quedaban en el motor...

50'19" (*). Km 10 a 4'41". Había bajado mi record en 3'13", es decir una mejora del 6%... que incluso era aplicable a mi última carrera de preparación (un segundo por encima del récord anterior), por lo que, a pesar de todo, en una semana me había sacado más de 600 metros de ventaja. Impresionante. La euforia me asaltó, a tal punto que, luego de recoger la medalla y tomarme varios litros de hidratantes, me enrumbé caminando hacia mi casa... a casi 4 km de distancia de la llegada. A diferencia de la vez pasada, no sentía ningún dolor en los pies, no tenía las piernas endurecidas, no tuve necesidad de dormir toda la tarde. Me sentía cañón.

Hoy, en cambio, no. Pero tengo que admitirlo. Recordar la carrera me ha quitado el cansancio. Claro, también podría ser el efecto retardado del café que tomé hace un rato. Pero me gusta pensar que, muy en el fondo de mi ser, la llama de ese día me ha vuelto a alumbrar. Y se siente muy bien.

(*): ese es el tiempo que yo cronometré (ver foto). El tiempo oficial, tal como salió dos días después en la página de Nike, fue de 50'21". No creo que haga diferencia para el análisis posterior.


lunes, 25 de agosto de 2008

Olympica

Good bye Beijing. Se acabaron las Olimpiadas y estamos en tiempos de evaluación final. En lo estrictamente deportivo (y luego quiero aclarar algunas ideas sobre el alcance del término) estuvieron muy bien. Los récords de Phelps y Bolt, por ejemplo, no serán fácilmente olvidables;(¿alguien recuerda quien ganó en Sydney los 200 metros mariposa? ¿y los 100 metros planos?), así como todo el mundo ha identificado por décadas a Munich '72 con Mark Spitz (y saliendo de los campos, con la masacre de los israelíes), y a México '68 con el record de Beamon en el salto de longitud, ahora tenemos dos situaciones igualmente estratosféricas en la misma edición. Y no es poco.

En líneas generales, cuando no habían chinos con posibilidades de medalla de por medio, ganaron los que debían ganar, o en todo caso outsiders creíbles. Todos esperaban a Phelps y Phelps rindió; aunque debe agradecer a Lezak por su primera medalla en los relevos, y a Cavic por no tener dedos más largos en los 100 mariposa. Todos esperaban a Bolt, y Bolt se llevó de afano las 3 carreras en las que participó. En basket el Dream Team devolvió el honor a la NBA (y las mujeres hicieron otro tanto), en volley brasileños/as y americanos/se repartieron finales y medallas, Nadal ganó en tenis, Argentina en fútbol, Australia se defendió en las piscinas, los coreanos con arco y flechas, etc etc.

Haciendo un análisis frío, no es muy complicado identificar ganadores y perdedores. Excluyendo del análisis al anfitrión (más sobre eso en unos párrafos), los USA no lo hicieron nada mal: tienen la misma cantidad de oros que hace 4 años (36) y 8 medallas totales más, consiguiendo su mejor sumatoria (110 preseas) desde Los Ángeles '84... con boicot ruso y localía de por medio. Sorprende gratamente el Reino Unido, evidentemente ya con la puntería dirigida a Londres 2012; ésta ha sido su mejor olimpiada de siempre (¡el récord duraba desde 1908!) con +10 oros y +17 medallas respecto a Atenas. Terminaron a un paso de Rusia, que aún manteniéndose en el tercer lugar pierde 4 titulos y 20 medallas totales, varias de las cuales por la Chinese Sydrome. Francia y Cuba caen en el ránking de forma vistosa, aún sin grandes diferencias en los totales (- 3 Cuba, incluso +7 los frenchutes), debido a una cantidad enorme de platas y bronces y muy pocos oros (7 y 2). Alemania, Italia, Holanda y España se mantienen entre los primeros puestos, mientras caen los países del Este europeo (muchas disciplinas cruzadas con favoritismos locales).


En lo personal, ha sido una experiencia memorable, contra todo pronóstico. Con 13 horas de diferencia respecto a la Ciudad Prohibida, me encontraba la jornada de competencias exactamente invertida respecto a mis horarios reales; las transmisiones tv se limitaban a resúmenes diferidos a veces hasta 20 horas y con comentarios patéticamente ignorantes y desinformados; y a diferencia de, por ejemplo, los Mundiales de Japón y Corea, ya no estaba en la Universidad, donde pude faltar impunemente un mes a clases, quedándome frente a la pantalla las madrugadas y en la cama todo el día.

Pero una vez más, la tecnología me reiteró que no hay mejor época para vivir, en cuanto a acceso a la información, que la actual. ¿No sabías a qué hora hay los octavos de final de dobles de ping pong? Pues el sitio oficial te daba el detalle completo del seeding (¡incluyendo biografía y foto de los jugadores!). ¿No había transmisiones en vivo de las eliminatorias de Taekwondo? Pues TerraTv te soltaba TODAS las competencias en vivo y por streaming . ¿Extrañabas los relatos de la radio italiana en las finales de esgrima? Pues la Rai te los ponía en su sitio. En resumen, la red lo tenía todo. Frente a tanto regalo, no me quedó más que armar una programación diaria, ver las competencias matutinas antes de dormir, metido en la cama y con la laptop sobre las rodillas, dejar unas cuantas horas intermedias de sueño (por suerte coincidían con la hora del almuerzo en China), y seguir las finales nocturnas durante el desayuno o en la oficina. Resultado: prácticamente todo lo que quería ver lo pude ver. Sólo en los últimos 3 días el cansancio pudo más y me perdí finales importantes colocadas a golpe de 2-3 de la mañana... pero el cuerpo tiene un límite.

Como dije desde el principio, todo el bling bling del deporte, las magnilocuencia de las ceremonias, la colosalidad de la organización no han podido ocultar las enormes dudas que ha generado esta Olimpiada. Y no, aunque no lo crean, no me refiero a los derechos humanos, al Tibet, a la libertad de palabra, etc. En eso (y sólo en eso) estoy de acuerdo con Rogge, el presidente del CIO, y algunos deportistas sensatos: esto es deporte, y no se puede pedir al deporte que haga lo que la política y la economía no hace. Me pareció ridículo el boicot de algunos presidentes a la inauguración, cuando sus empresas viven de la mano de obra china (y de sus excesos, patrocinados por el gobierno) y ellos mismos se tapan la nariz a la hora de realizar acuerdos comerciales para entrar a ese inmenso mercado. Por otra parte, un deportista es un profesional (o, como en unas cuantas disciplinas, un amateur de alta competencia) y si se gana el derecho a participar y quiere ir, que vaya, compita y vuelva con las medallas. Pero ir, utilizar las instalaciones, servicios, comodidades que bien o mal han sido puestas en pié por el gobierno chino y luego salirse con peroratas a lo Richard Gere, suena por lo menos de mal gusto. Si estabas realmente en contra del autoritarismo chino por una cuestión de principios (y que las cosas en Tibet estaban mal es algo que se sabe hace lustros), pues qué mejor protesta que no ir; dabas una conferencia de prensa en tu casa diciendo no voy por esto, aquello y lo de más allá, y mandabas saludos al Dalai Lama. Eso hubiera hecho yo. Eso sí era un sacrificio por una causa noble. Pero ir, conseguir el triunfo y los aplausos y, antes de subir al avión soltar un par de frases preimpresas... feo, muy feo.

Pero no me refería a eso, ni tampoco al doping (sólo un puñado de casos probados, aunque muchas incógnitas por despejar). Mi gran problema con los juegos han sido los jurados manipulados. Voilá. Solté la piedra. No pongo ni la duda, ni el condicional: muchas medallas han sido robadas directamente por jurados teledirigidos. Han habido obscenidades que salían de la escala de lo absurdo, lo vulgar, lo grosero. Y en su gran mayoría, hechas para beneficiar a los dueños de casa.

Claro, la peor de todas no tuvo a chinos de por medio, en la final de vela, clase 49er. Resumen para los que no fueron testigos de semejante atrocidad: los daneses luchan por las medallas con españoles, italianos e ingleses; antes de iniciar la regata final, partiendo con el primer lugar en el bolsillo, quedan desarbolados (el clima era pésimo, como en el 90% de los días de competencias de vela en Qingdao); mientras los demás equipos festejan la desaparición de los favoritos, éstos vuelven a la base y prestan la embarcación de los croatas (?), eliminados de la final; una embarcación que no había sido revisada y homologada para la competencia, que no cargaba una cámara de casi 13 kilos encima como los demás, y que, sobre todo, ¡¡¡¡¡¡batía bandera croata!!!!!! Para colmo, llegaron a última hora, con lo que ningún otro participante se enteró del cambiazo. No entendieron qué diablos hacía Croacia en la regata, así que se desinteresaron del asunto y lucharon entre ellos por la (supuesta) victoria. Mientras tanto los daneses/croatas seguían su camino, llegaban a la meta y festejaban como locos... al igual que los españoles (supuestamente primeros), los alemanes (segundos) y los italianos (terceros). En cualquier planeta donde la especie dominante tenga un cerebro desarrollado y un mínimo de raciocionio y sentido común (y una clase 49er en su programa olímpico), el podio estaba muy claro. Pero no. Aunque usted no lo crea... Dinamarca retuvo el oro. Enough said.

Donde sí hubo descarados favoritismos pro China fue en toda disciplina cuyos resultados dependen del hombre... y no me refiero a los deportistas. Gimnasia. Clavados. Boxeo. Las distintas especialidades de lucha. Esgrima, en menor medida. Puede ser una casualidad, pero sumando esas disciplinas, China recogió 25 oros de los 51 obtenidos, 7 platas de 21, 12 bronces de 28. Es decir, 44 de sus 100 medallas vinieron de disciplinas donde hay un elemento subjetivo... cuando en total esas mismas representan 89 de 302 títulos en el medallero olímpico. Es decir, el 49% de victorias chinas se dió en el 29% de competencias. Algo anda mal en esa proporción, pero no le estaría dando mucha importancia de no haber visto personalmente cosas terribles. Dificultades de ejercicios modificadas por el jurado. Notas altísimas a ejercicios que se notaban mediocres hasta para alguien que no tuviera idea del team. Órdenes de salida alterados a última hora pese a reclamos de los involucrados. Penalidades no aplicadas. Disparidades enormes de juicio. Golpes ganadores no contabilizados. Un desastre. Luego de ver esto, nunca más criticaré un árbitro de fútbol. Sólo los favores a repetición a Corea en el 2002 son comparables a esto.

Y no es la primera vez que sucede. Es más, la praxis en estos certámenes es que el local tenga alguna ventaja, como siempre... pero no tan descarada y sistemática. Y sobre todo, muy evidente a posteriori: si no, veamos a Grecia, el anterior organizador de los juegos. En Atenas, 6 oros y 16 medallas totales; en Beijing, sin localía y derivados, 0 (cero) oros, 2 platas y 2 bronces. ¿Casualidades? ¿Se jubiló una generación de oro de deportistas helénicos? No creo. Por otra parte, hay que admitir que muchas disciplinas se prestan más que otras a voltear los resultados, y creo que ese es el problema. Hay mucha discrecionalidad en la puntuación. Mucha humanidad. Por ende, mucha posibilidad de error, involuntario (lo dudo) o no tanto.

Por ejemplo, para no seguir con el ataque a los chinos y dejar de lado las disciplinas mencionadas, no sé si se han fijado en el doble estándar que han usado los árbitros de los partidos del Team USA en basket; en la práctica, reglas FIBA para todos los demás, NBA para ellos. Y olvídense entonces de los pasos, de los manotazos, del tiempo en la zona. El Dream Team hubiera ganado igual la medalla de oro (por el enorme margen ofensivo, por LeBron + Kobe + Carmelo + Dwayne + Jason, por el banquillo infinito, por jugar mejor o peor casi a placer), pero me queda un ligero e inevitable fastidio. Por otra parte, que un mismo deporte tenga reglas distintas a lo largo del mundo es absurdo, y no es culpa de los jugadores. Personalmente, prefiero las reglas NBA, porque permiten un juego más fluido, atlético, vistoso y entretenido; ya sería hora de unificar a todos bajo el mismo estándar.

¿Qué es el deporte? Según wikipedia, "el deporte se refiere normalmente a actividades en las cuales la capacidad física del competidor son la forma primordial para determinar el resultado (ganar o perder); por lo tanto, también se usa para incluir actividades donde otras capacidades externas o no directamente ligadas al físico del deportista son factores decisivos, como la agudeza mental o el equipamiento" (las cursivas son mías). Ok. No podría estar más de acuerdo. Capacidad física, agudeza mental, equipamiento. Sumando esas tres componentes, entra perfectamente todo el programa olímpico. Pero... ¿dónde se habla de los jueces? Porque claro, una cosa son los árbitros (que verifican el cumplimiento de la normatividad del juego) y otra los jueces (que evalúan el desempeño del deportista). Y, señoras y señores, no ocultemos el sol con un dedo: hay disciplinas en las que, al momento, los jueces son el cuarto factor junto a la capacidad física, la agudeza mental y el equipamiento. El cuarto caballero del apocalipsis, más bien.

Soy extremista, lo sé. Pero si fuera el CIO, solicitaría a las Federaciones Internacionales de esas disciplinas, so pena de destierro de los juegos, que encuentren formas de evaluación más objetivas que la opinión (más o menos comprable, más o menos negociable, más o menos interesada) de un juez. Que es complicado, es complicado. Pero qué diablos, para eso está la tecnología. Ejemplo: en clavados y gimnasia artística, se podría cargar la rutina prevista en una simulación informática, y extrapolar con algún mixto de mo-cap y sensores lo que realmente realizó el deportista, para que el ordenador luego analice y puntue la desviación entre las dos. En los deportes de contacto, se debería trabajar con sensores en las zonas de impacto. En otros casos, habría que simplificar las reglas para evitar las controversias (me he aburrido viendo los reclamos en esgrima para cada estocada doble).

Y hay un par de disciplinas que, francamente, no pintan y se salen del coro. Porque agregan un factor adicional aún más subjetivo e imposible de analizar objetivamente: la apreciación artística, o sea, en términos burdos, las coreografías. Y me refiero al nado sincronizado y la gimnasia rítmica. Son espectaculares, tienen buena música, las chicas son impresionantes, el esfuerzo es inhumano... pero no hay manera de tener resultados objetivos. Es arte. No puedo decir que un Van Gogh es mejor que un Tiziano. Puedo decir que me gusta más, eso sí. Pero en una competencia debo poder decir a ciencia cierta quien es el mejor, o se nos va al tacho la esencia de la lucha deportiva. Bolt llegó dos décimas antes de Thompson, ergo, Bolt es mejor que Thompson. Phelps llegó una centésima antes de Cavic, ergo, Phelps es mejor que Cavic. Viktor Ruban en la final del arco consiguió 5 dieces y 7 nueves, mientras Park 5 dieces, 6 nueves y un ocho, ergo, Ruban es mejor que Park. Argentina ganó todos sus partidos en el torneo de fútbol, ergo, Argentina es mejor que Nigeria, Brasil, etc etc. ¡Es simple!

Por otra parte, fuera de los Juegos se quedan deportes con la D mayúscula, cuyo retraso en la admisión olímpica no termino de entender. Rugby. Golf. Patinaje (¡no artístico!) y hockey sobre ruedas. Polo. Futsal (o fútbol sala). Y para el 2012, están desapareciendo baseball y softball... ¿estamos locos? ¡Imagínense lo que podría ser un torneo olímpico de baseball con todas las estrellas de la MLB!

Son 12 años que no tenemos novedades (triatlon y voley playa en Atlanta), mientras se mantienen en el programa disciplinas semideportivas (las ya citadas gimnasia rítmica y nado sincronizado), desactualizadas (el triatlon mató casi del todo la necesidad del pentatlón moderno; y la lucha libre y grecorromana deberían unificarse de una vez) o con un desproporcionado número de especialidades, como el canotaje (14), la canoa (16), el ciclismo de pista (10), incluso la misma vela (11). Y por favor, ya hay que tener competencia masculina y femenina en todos los deportes, y de ser posible, eliminarlos (creo que faltarían sólo boxeo y lucha, pero no estoy seguro).

Esas son las Olimpiadas que quisiera ver. Con todos los deportes medibles objetivamente y que tengan una popularidad o una vigencia mínima. Con árbitros y no jueces. Con reglas de clasificación a los juegos y de competencia una vez en ellos iguales para todos (nada de daneses / croatas). Con suspensión inmediata de por vida en caso de doping (en Beijing 3 medallas de oro las ganaron deportistas suspendidos por dopaje en los ultimos años, dos de ellos en el 2006... ¿no quieren que sospeche?). Con todas las transmisiones disponibles en la red en contemporánea. Con menos fanfarria en las ceremonias y más espacio a los deportistas (Rogge censurando los festejos de Bolt fue algo nauseante). Limitando las críticas no deportivas al país organizador a antes y después de las competencias (y al límite, no votando por él en las elecciones... China no ganó la organización por su propia cuenta).

Por lo menos los británicos tienen fama de ser exageradamente reglamentaristas, así que ciertas arbitrariedades deberían desaparecer. Que yo sepa, no tienen un caso Tibet (¿qué dice Sean Connery al respecto?), o de derechos humanos, o de dictadura. No tienen gran participación en las disciplinas a evaluación subjetiva. Las horas de competencia son más aceptables para el resto del mundo. Son varios, varios pasos adelante.


martes, 13 de noviembre de 2007

Runnin'

Estoy sentado en el autobus, tratando de concentrarme en el libro que estoy leyendo, a pesar de tener a mi costado a uno de los peores músicos ambulantes que haya tenido que sufrir en años de transporte público. A parte la contaminación sonora más abyecta que pueda tolerar mi oído, me invade el pánico viendo que las cañas de la zampoña apuntan directamente a mi rostro; acabo de descubrir, algunas páginas antes, que regiones enteras del mundo se despoblaron gracias a virus y bacterias transmitidos, entre otras cosas, por la saliva, los estornudos, la tos: siento que el virtuoso me está encañonando con una batería repleta de gérmenes y patógenos.

De pronto, en el siguiente paradero, sube un señor con pinta de ejecutivo: terno oscuro, cabello blanco, corbata clásica. Pero lo que más llama la atención es la evidente quemadura de su rostro, digna de un chorizo parrillero: y más aún porque es idéntica a la que exhibo con orgullo en mi cara. White men can't jump, decía la película, pero en este caso habría que parafrasearlo en White men can't run in the sun. El hombre se da cuenta que lo estoy mirando, nota la coincidencia del tono chamuscado de la piel, sonríe y levanta el pulgar. Le contesto de la misma forma. Creo que algo así debe suceder con los veteranos de alguna guerra, reconociendo heridas similares, con todo el background de experiencias y traumas en las selvas, desiertos o ciudades de algún país ajeno y extraño. En este caso no corrieron balas ni napalm, pero sí se mantuvo la acostumbrada trinidad de sangre, sudor y lágrimas: 24 horas antes ambos hemos recorrido a buen paso las calles de la ciudad en la 10K de Nike.

En anteriores ocasiones (aquí, aquí, aquí) he mencionado mi fluctuante afición por el fondismo madrugador. Pero sentía que era el momento de dejar algún registro indeleble de mi compromiso, de mi esfuerzo, de la fuerza de voluntad que supuso levantarse cuando el sol aún no quería mostrarse, sólo para gastar energías trotando alrededor de los parques de las cercanías. Así que me inscribí a la carrera, con el único objetivo de llegar a la meta. Tenía claro que las condiciones serían completamene distintas a las acostumbradas en mis mañanas deportivas: el terreno no sería plano, el camino no estaría despejado, el clima no sería fresco. La última vez que completé 10 km, cuatro días antes de la carrera, establecí mi record sobre la distancia, con 53'51", fruto de una secuencia irregular de tiempos a lo largo del kilometraje: tiempos excelentes en los primeros 5 mil metros, caída constante en los siguientes, última vuelta con el acelerador a fondo. En promedio, 5'23" por km. Siendo realista, calculé que las dificultades extra en la carrera podrían llevarme con facilidad alrededor de los 5'30", para un tiempo estimado de 55' totales.

El día antes, recarga de carbohidratos con una buena pizza. Cena ligera (jugos de fresa y tartaleta de piña), desayuno bordeando la inexistencia (agua azucarada y una rodaja de piña). No hice mayor calentamiento que caminar un par de kilómetros hacia la línea de partida; no me auné a los miles de fanáticos que realizaban rutinas de aeróbicos que se me antojaban más cansados que la carrera en sí misma. Faltando unos 20 minutos, consideré útil acercarme a los servicios higiénicos, para perder los líquidos excedentes: pésima idea, porque compartida por cientos de participantes. Cuando mucha gente está de acuerdo en algo, difícilmente ese algo es lo mejor; la unanimidad, el amplio consenso, el acuerdo de ancha base siempre tienen algo de gregario, de animal, de irreflexivo. Dicho y hecho. Logré terminar la cola y el trámite cinco minutos antes de la partida, con el lógico resultado de encontrarme a casi 300 metros de la línea de go, detrás de 7-8 mil personas.

El chip anclado en mi zapatilla registró el primer paso de la carrera casi siete minutos luego del disparo inicial; a primera vista algo ininfluyente, en fin de cuentas el cronometraje individual cancelaría la posición relativa al momento de la salida de los boxes y podría realizar el precepto evangélico de los últimos serán los primeros. Pero cuando por más de dos mil metros me encontré enredado entre padres de familia acompañados de hijos pre púberes, señoras con alto índice de obesidad y paso paquidérmico, ancianos voluntariosos pero con frecuencia cardiaca controlada, jóvenes con muletas, colegialas en plan de chismorreo, famosos con ganas de figuración, cada uno con su ritmo, cada uno una piedra en mi camino, maldecí mi falta de previsión a la hora de acudir al llamado de la naturaleza.

El slalom desesperado que tuve que efectuar, con cambios abruptos de velocidad y dirección, recién dio sus frutos llegando al km 4, cuando el cansancio y el doloroso choque contra el muro de la realidad y el sufrimiento empezaron a cultivar víctimas entre los menos preparados. Aún sin haber mantenido un control férreo sobre mis tiempos parciales, me daba cuenta que había perdido tiempo y energía preciosas barriendo un poco el espacio frente a mí. El sol amenazaba con iniciar a atacar con sus rayos en cualquier momento, así que decidí ir con todo hasta donde me dieran las fuerzas. A mitad del camino, iban 27'09", 5"26" por km, proyectando un 54'18" a la llegada: perfectamente dentro de lo previsto. Pero ya había tomado otro ritmo, y no lo bajé cuando el calor fue aumentando exponencialmente, causando la tostada general de la que hablaba al principio.

El último kilómetro fue apoteósico, un único sprint sostenido y brutal entre las dos alas de un público vociferante pero mudo en mis oídos, gracias a los audífonos que me daban el tiempo exacto para cada paso. Al final, 53'32", record personal, 5"21" por km, los últimos 5 a 5'16" de promedio. Sobre 10 118 participantes, es el tiempo número 1 188. Un motivo más de orgullo.

48 horas después de la llegada, me siento mejor por haber cumplido con lo que me había propuesto, una vez más. Una raya más al tigre. Una cicatriz más que mostrar. Una bandera más plantada en la frontera.

El cansancio es pasajero. I keep on runnin'.


lunes, 29 de octubre de 2007

Segunda base

Algo que muy pocos saben es que en los últimos años me he vuelto un fanático del baseball. Como es lógico, no me refiero a que lo practique, sino a disfrutar pasar horas en viendo los partidos en ESPN. Yo diría que llegando a un cierto nivel (finales de conferencia y World Series) hasta rivaliza con la NBA como tercer evento deportivo preferido. Supongo que no tengo que aclarar que los primeros son el fútbol y el tenis...

Mi relación con el diamante se remonta hace poco más de quince años. Uno de mis dibujos animados preferidos en ese entonces era Tommy, la stella dei Giants, un anime de los '70s originalmente llamado Kyojin no Hoshi, en el que se narraban las gestas de Hyuma Hoshi (en Italia, Tommy Young), legendario pitcher de los Tokyo Giants. Viendo la interminable (e hiperdramática) saga terminé aprendiéndome las reglas del deporte al detalle, a tal punto que cuando finalmente en el colegio se les ocurrió incluir baseball dentro de los deportes a aprender en Educación Física logré un cierto éxito (en realidad más por saber las reglas que por buen deportista). Poco después me volví adicto a otra serie japonesa, Touch (en Italia, Prendi il mondo e vai), también centrada en bates y guantes. Y en pleno auge de los videojuegos, recuerdo uno con personajes super deformed absolutamente hilarante, que consolidó mi afición por el juego.

Sin embargo, nunca me sentí realmente atraído por los partidos en la tele. De vez en cuando veía algún inning, pero nunca más que eso. Hasta el 2004: no sabría decir como empezó todo, pero de pronto estaba siguiendo la campaña de los Red Sox de Boston en los playoffs de la MLB, contra los Anaheim Angels. El equipo tenía unas individualidades tan bien definidas que casi parecía producto del casting de alguna película: tenían un bateador forzudo y decisivo (Big Papi Ortiz), un lanzador experto y al borde de la lesión que podría terminar su carrera (Curt Schilling), un corredor rápido y misterioso (Johnny Wolfman Damon), un catcher gruñón y pleitista (Jason Varitek), y algunos latinos habilidosos (Manny Ramirez y Pedro Martínez); y barrieron de tal forma a los Angels, que terminé por volverme un fanático.

Lo que sigue es historia. Los inolvidables 7 partidos en finales de la American League contra los Yankees, que ganaban 0-3, fue algo tan dramático que hasta mi en ese entonces novia y ahora esposa, que no entendía ni el juego ni las reglas, terminó convirtiéndose en una experta del juego. Un milagro adicional producido por un evento más único que raro (en toda la historia de definiciones a 7 partidos en los deportes USA, sólo ha sucedido 3 veces, y las otras dos son en el hockey de la NHL en 1942 y 1975!). La final contra los Cardinals fue un mero trámite, útil para seguir el festejo luego de algo tan alucinante.

Luego de dos años interlocutorios, en esta temporada los medias rojas retomaron la senda del éxito. Una racha impresionante a principios de temporada los catapultó a la cabeza de la American League, posición que lograron mantener hasta el final, clasificándose a los playoffs con amplia ventaja. En finales de división barrieron a los Angels sin mayores complicaciones. La victoria de conference, en cambio, costó sangre, sudor y lágrimas, de forma muy parecida a lo sucedido con los Yankees tres años antes. Se tuvo que recuperar desde 1-3, pero con unos pitchers como Josh Beckett, Daisuke Matsuzaka y el eterno Schilling se pudo realizar lo que parecía imposible. Y, nuevamente, las World Series se revelaron mucho más simples de lo previsto, con un 4-0 indiscutible sobre los Colorado Rockies.

El primer partido, en Boston, demostró que se iba por el buen camino: un 13-1 elocuente de la mano de Beckett. El segundo, en Denver, estuvo en equilibrio durante toda la noche, pero la victoria final por 2-1, gracias a prestaciones efectivas de Schilling, Okajima y Papelbon desde el mound, ratificó que los Rockies no iban a poder revertir la situación. Matsuzaka lideró el 10-5 del tercer match, pero gran parte del mérito va a una atrapada maestra de Julio Lugo cuando el resultado estaba 6-5 y con dos bases cubiertas. El último partido fue el más parejo e incierto, especialmente luego de que Okajima permitiera dos carreras a sus adversarios, quedando en un incómodo 4-3 que el infalible Papelbon se encargó de cuidar hasta el final.

Luego de 86 años sin ganar el campeonato, van dos títulos en tres años. No sé si soy yo que traigo suerte o si, al revés, me he arrimado a un equipo que venía en camino de ser ganador. Misterios de la vida, lo importante es que hay un motivo más para festejar. Y ahora se viene la NBA, donde espero que mis queridos Phoenix Suns finalmente logren campeonar luego de varios años en los que no han concretado en los playoffs todo lo positivo que logra en temporada regular: no llega a la final desde los tiempos de Barkley (1993)! Que la fuerza esté con Steve Nash & Co. ...

P.S.: ya me cambiaron la conexión de internet a tiempo de récord. Por lo tanto no van a haber retrasos causados por ese motivo. Bien por la Telefónica!



lunes, 24 de septiembre de 2007

Break point

Analizando detalladamente, en el último año y medio los equipos de los cuales soy simpatizante me han brindado la mayor proporción de satisfacciones que recuerde. Italia ganó el mundial de futbol (y en este post lo celebraba); el Milan la Champions League (ver aquí); la selección peruana sub 17 clasificó por primera vez a un Mundial y llegó hasta los cuartos de final del mismo; y ayer Perú consiguió clasificar al Grupo Mundial de la Copa Davis por primera vez en su historia. Me pregunto si esta tendencia seguirá o si se viene un bajón generalizado, al mejor estilo de la bolsa de valores.

Mi interés por el tenis comenzó hace casi 20 años, en el bienio de gracia 1988-1989, durante el cual Yzaga, Arraya, Di Laura y Aramburú jugaron unos encuentros excepcionales contra Estados Unidos,Brasil y Australia, quedando eliminados ad portas de ingresar entre los 16 mejores equipos del planeta. En esa época me encontraba en plena iluminación deportiva, donde al fútbol (potenciado por el triunfo del espectacular Milan de Sacchi y por la Euro 88 de Alemania) se había agregado el descubrimiento de decenas de deportes colaterales gracias a las Olimpiadas de Seúl. Pero no tengo duda de que, hasta esos míticos enfrentamientos de Copa Davis, jamás había visto un partido completo del deporte blanco.

Luego de estudiar esas interminables maratones sobre polvo de ladrillo, llegué a la conclusión que el tenis, aún más que el fútbol, sería mi deporte de referencia. Era un deporte individual, algo que me pareció excelente, y con el nada despreciable bonus de no tener contacto físico alguno con el adversario; no es una casualidad que en esos mismo tiempos comenzara a interesarme también en el piano, el instrumento solista por excelencia... los gérmenes de una actitud egocéntrica y antisocial, por lo visto (?).

El año siguiente mi familia se trasladó a Italia. Llegué la semana después de la humillante derrota italiana en Davis por 5-0 ante Austria, que había echado por los suelos las ilusiones generadas luego de la sonada victoria de Cagliari contra la finalista del año anterior, la fortísima Suecia de Edberg (uno de mis ídolos de toda la vida) y Wilander.

Para finales de año, ya tenía raqueta profesional y coach personal. En los 3 siguientes años entrenaría y jugaría de forma bastante continua aunque con resultados alternos, hasta que mi debut en un torneo juvenil formal se cerró en primera ronda contra un adversario dos categorías mayor que yo (desgracias del sorteo) y que se dedicó a fusilarme ace tras ace, aprovechando una notable diferencia de estatura. La frustración fue enorme, más aún contando que fue en cancha sintética, mi superficie preferida y la más adecuada a mi estilo de juego. Regresando a casa, más abatido que nunca, decidí dejar de lado las pretensiones tenísticas, entendiendo que nunca sería un nuevo Agassi o el próximo Michael Chang. A partir de ese momento jugaría sólo en los veranos, con mis amigos o mi padre, masticando el eterno remordimiento de haber podido lograr mucho más si me hubiera sobrepuesto a ese primer obstáculo.

En esos mismos días Perú jugaba su segundo play off para acceder al Grupo Mundial, en Copenaghen contra Dinamarca. Jugando en una superficie adversa (sintético indoor) no pudieron realizar la hazaña y cerraron un ciclo; pasarían 13 años antes que se repitiera semejante oportunidad. Esta vez la suerte estuvo de la mano de la blanquirroja: las dos rondas eliminatorias continentales (contra Venezuela y México) y el play off ante Bielorrusia se jugaron en la lentísima arcilla de casa, permitiendo victorias sucesivas y el tan ansiado ingreso a la élite del tenis mundial.

En pocos días se definirá el rival que enfrentaremos en febrero del próximo año. De los ocho posibles contrincantes, veo imposibles de derrotar, ya sea como local o visitante, a Rusia, España, Francia y Argentina, puesto que cuentan con buenos elementos para cancha lenta y rápida. Estados Unidos (con Blake y Roddick), Alemania (con Haas) y Suecia (con Björkman, Soderling o Johansson) pueden ser vencidas sólo en nuestra casa y con condiciones favorables (altas temperaturas, lesiones de alguna estrella, tierra suave y lenta). El único equipo que veo fácilmente aniquilable en casa es Bélgica. Si nos tocara jugar de visitante, no tendríamos mayor oportunidad contra ninguno de los ocho, esa es la dura realidad. Pero nada cuesta soñar con un sorteo favorable.

Lo importante sería que estos éxitos generen una recuperación del interés local por un deporte tan emocionante y variado. Sería increíble que algunos niños, observando las epopeyas de Horna y Miranda, se apasionen por las raquetas, así como me sucedió hace 20 años; a lo mejor algunos de ellos demuestren más fuerza de voluntad y persistencia que yo y se dediquen de lleno al tenis: tendríamos la esperanza de una nueva generación de campeones, y el Grupo Mundial ya no sería un objetivo tan difícil de conseguir.


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Y los incautos a la fecha son...