martes, 27 de febrero de 2007

Cain & Babel

Considerando que la locura de los Oscars ya pasó (también en este blog), quiero detenerme un instante sobre temas puntuales que han surgido en estas semanas y que involucran algunas de las películas nominadas, aunque se extienden mucho más allá, llegando a tocar ciertos conceptos básicos del cine y de la crítica.

Hoy voy a hacer un par de reflexiones sobre comentarios que me han hecho llegar varias personas respecto a Babel. Las críticas van en dos direcciones. Algunos argumentan que se exageran, en plan voyeur, los aspectos trágicos de las historias, todo esto en una supuesta tendencia del cine actual a realizar films con demasiado octanaje dramático. Otros deploran una supuesta manipulación de personajes infantiles que, a su parecer, son expuestos a escenas y situaciones extremas de manera gratuita e injustificada.

Vayamos por partes. En primer lugar, resulta bastante discutible criticar el sujeto de la película, en cuanto éste es potestad absoluta de los realizadores. Una máxima de Roger Ebert, probablemente el crítico de cine más respetado de los USA, indica que una película no es buena o mala en función de los temas que cuenta, sino de qué tan bien cuenta esos temas. Parece un trabalenguas, pero encierra una verdad innegable, que, formulada de manera más general, se enseña en la primera hora de un curso básico de Historia del Arte.

Imaginémonos El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl, obra maestra del cine nazi, una apología inequivocable de ese régimen; si nos limitáramos a criticar a la película por la temática que desarrolla, habría que condenarla a la hoguera como una abyecta forma de propaganda racista y violentista. Pero se da el caso que, en realidad, estamos hablando de un film impresionantemente adelantado para la época, con unas técnicas y detalles artísticos de valor absoluto, es decir, es una obra de arte.

En el caso de Babel, nos encontramos con cuatro historias acomunadas por las dificultades o complicaciones en la comunicación interpersonal y por las desastrosas consecuencias determinadas por decisiones erróneas. Son dos temas dramáticos, cuyo impacto no puede ser atenuado a menos que se desee hacer una película de fantasía, puesto que el mundo funciona así y como tal debe ser retratado, con todas las injusticias adjuntas. Sin embargo, quiero hacer notar que, de las 4 storylines, dos acaban bien, o por lo menos los personajes no se encuentran a un nivel de desesperación superior al inicio (Pitt & Blanchett y Rinko Kikuchi), una tiene resultados disímiles para los involucrados (Adriana Barraza es deportada, pero los niños se salvan) y una se concluye definitivamente mal (los niños marroquíes y su padre).

En la trilogía de la dupla González Iñarritu-Arriaga, Babel es la única cinta que ofrece alguna esperanza a sus personajes. Amores Perros sumía a los protagonistas en la depresión más profunda, mientras que 21 grams es una historia de venganza en la que todos pierden. De la misma manera, hay otras películas de los últimos tiempos que son tragedias en el sentido estricto del término, mucho más que Babel: Letters from Iwo Jima, El laberinto del fauno, The departed, King Kong, The constant gardener, Million dollar baby...

Lo que es innegable es que las películas dramáticas que concluyen sin un final feliz representan un porcentaje mayor cada año. Pero no porque lo hayan hecho en términos absolutos: lo que sucede es que ha aumentado desmesuradamente el cine fácil, infantil, de dibujos animados para niños, comedias vulgares o románticas para adolescentes, adaptaciones de comics o franchise action para jovenes adultos. Contra estos tres frentes, la única oposición está constituida por films que aspiran a los premios de fin de año, que generalmente tienen preferencia por historias de un cierto espesor dramático.

Respecto a la segunda crítica, sobre el "uso" de niños en tramas que ponen en riesgo la vida de los personajes que interpretan, no creo que haya mucho qué decir. La cosa se puede ver desde dos puntos de vista, uno serio y otro más cínico. En el primer caso, es obvio que si se quiere plasmar en celuloide una visión realística de la vida no se puede evitar poner a los niños y los problemas o riesgos a los que se encuentran afectos; no hacerlo, más bien, sería hipócrita, tribunero y políticamente correcto, un término este último que me resulta odioso. En el segundo caso, me parece evidente que incluir escenas en que los niños se encuentran en grave peligro genera una reacción empática mucho más fuerte en el espectador, logrando por lo tanto una mayor conexión del mismo con lo que está viendo.

Está mal? No creo, siempre y cuando sea algo integral a la historia que se está contando, como sucede en esto caso. Y esto vale para otros temas que generan debate, como la violencia doméstica: siguiendo la opinión mencionada anteriormente, tampoco deberíamos tener películas en las que un marido golpea a su mujer. Pero así es la realidad y así hay que vivirla, también en un cine. Si se quiere simple evasión, es mejor ir a ver alguna comedia lobotomizada y lobotomizante, o el último dibujo animado que involucre animales parlantes.

Babel es una gran película, ciertamente con algunos defectos, pero éstos no son los citados, al contrario: es en la fuerza de sus historias donde radica su efectividad.


1 comentario:

Ereide dijo...

Personalmente, con respecto a la opinión de las tramas en que se hace "uso de niños en tramas que ponen en riesgo la vida de los personajes que interpretan", pienso que la gente que opina de este modo es tremendamente ilusa o viven ensimismados en su dulce mundo. Tanto molesta la realidad? Claro, a los que estamos comodamente sentados en el sofá de nuestra casa no nos gusta ver la cruel realidad y cambiamos de canal cuando en las noticias del mediodia hablan de los muertos de Irak, o de los niños soldados. Pero ahí está, esa realidad existe, y por mucho que nos neguemos a verla no va a dejar de desaparecer. Me parece realmente hipócrita la gente de esa opinión (si bien toda opinión es respetable, pero por eso mismo yo tambien opino) Esas cosas existen señores, aunque no nos guste reconocerlo y queramos borrarlas de nuestra memoria.

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